¡Los peligros de envejecer!

Imaginad la escena: dos mujeres de unos cincuenta años (quizá alguno menos) tomando a la puerta de un bar unas cervezas. Al lado, sentada en una silla, apartada de ellas, sosteniendo la correa de un perro, se encuentra una anciana (más de ochenta años probablemente). Una de las mujeres se acerca de vez en cuando a ella y hablan. No logro entender lo que se dicen desde donde me encuentro pero sí puedo ver claramente cómo en una ocasión esta mujer (¿su hija, quizá?) la amenaza y le levanta la mano con ánimo de golpearla. La otra ni se inmuta. No lo llega a hacer y yo creo que es porque los que presenciamos la escena, varios jóvenes desde dentro del bar, una pareja que está a mi lado y yo mismo, en la acera, la miramos con cara de reprobación. Ella nos devuelve la mirada con un claro mensaje: “¡a vosotros qué os importa!” Sin embargo, nos importaba y no sé qué hubiera sucedido si hubiera golpeado a la anciana. Uno de los jóvenes, unos treinta años, la insultó en voz baja, como muestra del estupor que le había producido la escena.
Terminé mi cerveza y me fui del bar. Por el camino iba pensando que no hace muchas noches escuché en un programa nocturno de radio a una anciana lamentarse de que había tenido que socorrer a una hija que se había divorciado acogiéndola en su casa. Y que, a pesar de que la quería mucho, estaba sufriendo un calvario ya que la despreciaba y le insultaba llamándola “vieja guarra”. Que al día siguiente iba a cortarse el pelo porque ella no podía y su hija no quería hacerle una coleta ya que le “daba asco” ponerle la mano encima. A esto había que sumarle que vivía a su costa. Constantemente le estaba pidiendo dinero para sus caprichos y vicios. Y si le decía que buscara trabajo le respondía que no le hacía falta que para eso estaba ella.
Lloraba desconsoladamente al mismo tiempo que iba relatando los desprecios con los que su hija la obsequiaba.
La periodista le aconsejó que buscara refugio en alguno de los otros dos hijos que tenía, que, según la anciana, eran buenas personas.
Quizá sea que voy acercándome a esa edad en que el ser humano más necesitado está del calor de los suyos y más le duele el desprecio de ellos, que ejemplos como estos me revuelven el alma y me producen profunda desolación.
¿Qué pasa por la mente de una hija, hijo o nieto (que también los hay) para que traten con tanta desconsideración a sus padres o abuelos? ¿Cómo se puede tener el alma tan emponzoñada para otorgarles tales muestras de desprecio?
¿Será que no los supieron educar? ¿O es que culpan de su fracaso vital a quien les dio la vida y descargan su despecho y decepción en ellos al no ser capaces de asumir su propia incapacidad?