INCERTIDUMBRE Y DESAMPARO

INCERTIDUMBRE Y DESAMPARO

Era también 28 de julio como hoy. Apenas si había cumplido los dieciséis años. Aquella tarde calurosa de verano, sin que él lo presintiera siquiera, su vida iba a cambiar de manera brusca. De ser un adolescente que vivía con un padre casado en segundas nupcias con una mujer, de cuyo nombre prefiere no acordarse, pasaría a ser un adulto (la desgracia te hace madurar de repente y de forma sorpresiva) que tendría que enfrentarse a situaciones para las que no estaba preparado. Y eso le daba miedo.

Había ido a bañarse con los amigos como cualquier domingo de verano, luego habían quedado a la puerta del cine, y allí supo, aunque nadie se lo dijo, (a veces una mirada es más explícita que todo un discurso, y su amigo Pepe le miró con cara de conmiseración y de pena), que su padre había tomado un atajo hacia el otro mundo. Este se le había quedado pequeño y parecía tener prisa por abandonarlo.

Sus recuerdos son confusos. Ve gente que entra y sale de su casa, que le besa y abraza y que, al despedirse, dicen mirando a otros que presencian la escena: ¡pobres! ¡¿Qué va a ser de ellos ahora?!

Recuerda otros momentos que prefiere obviar, sin embargo nunca olvidará estar sentado en las escaleras de acceso a su casa junto a los amigos que han venido a consolarlo. Él intenta no llorar pero no puede contener las lágrimas. Y llora porque su padre ha muerto, pero sobre todo porque le sobrecoge el futuro incierto que se abre ante él a partir de ese instante. Ve a sus amigos a su lado y les está agradecido por el calor y el consuelo que intentan transmitirle pero sabe que ellos regresarán a sus casas y encontrarán a sus padres que los protegerán, aconsejarán e indicarán el camino por el que deben transitar en la vida. Él no tiene ya padres a quien pedir consejo.

¿A quién acudir a partir de ahora? ¿Quién se va a hacer cargo de él? Solo tiene dieciséis años y mucho miedo… ¡Se siente tan solo!

Pero veces el destino nos tiene reservada una agradable sorpresa. Y lo que pudo ser una hecatombe se convirtió, con el paso de los días primero y de los años después, en una suave y pasajera tormenta de verano, que, aunque ha dejado un poso indeleble en su memoria, a veces le parece que solo fue: ¡un mal sueño!

Era 28 de julio de 1968. Han pasado cincuenta años. Demasiado tiempo para convertirse en un adulto pero muy poco para volver a ser un niño.

INCERTIDUMBRE Y DESAMPARO

Era también 28 de julio como hoy. Apenas si había cumplido los dieciséis años. Aquella tarde calurosa de verano, sin que él lo presintiera siquiera, su vida iba a cambiar de manera brusca. De ser un adolescente que vivía con un padre casado en segundas nupcias con una mujer, de cuyo nombre prefiere no acordarse, pasaría a ser un adulto (la desgracia te hace madurar de repente y de forma sorpresiva) que tendría que enfrentarse a situaciones para las que no estaba preparado. Y eso le daba miedo.

Había ido a bañarse con los amigos como cualquier domingo de verano, luego habían quedado a la puerta del cine, y allí supo, aunque nadie se lo dijo, (a veces una mirada es más explícita que todo un discurso, y su amigo Pepe le miró con cara de conmiseración y de pena), que su padre había tomado un atajo hacia el otro mundo. Este se le había quedado pequeño y parecía tener prisa por abandonarlo.

Sus recuerdos son confusos. Ve gente que entra y sale de su casa, que le besa y abraza y que, al despedirse, dicen mirando a otros que presencian la escena: ¡pobres! ¡¿Qué va a ser de ellos ahora?!

Recuerda otros momentos que prefiere obviar, sin embargo nunca olvidará estar sentado en las escaleras de acceso a su casa junto a los amigos que han venido a consolarlo. Él intenta no llorar pero no puede contener las lágrimas. Y llora porque su padre ha muerto, pero sobre todo porque le sobrecoge el futuro incierto que se abre ante él a partir de ese instante. Ve a sus amigos a su lado y les está agradecido por el calor y el consuelo que intentan transmitirle pero sabe que ellos regresarán a sus casas y encontrarán a sus padres que los protegerán, aconsejarán e indicarán el camino por el que deben transitar en la vida. Él no tiene ya padres a quien pedir consejo.

¿A quién acudir a partir de ahora? ¿Quién se va a hacer cargo de él? Solo tiene dieciséis años y mucho miedo… ¡Se siente tan solo!

Pero veces el destino nos tiene reservada una agradable sorpresa. Y lo que pudo ser una hecatombe se convirtió, con el paso de los días primero y de los años después, en una suave y pasajera tormenta de verano, que, aunque ha dejado un poso indeleble en su memoria, a veces le parece que solo fue: ¡un mal sueño!

Era 28 de julio de 1968. Han pasado cincuenta años. Demasiado tiempo para convertirse en un adulto pero muy poco para volver a ser un niño.