CANDOR DE NIÑA

MUESTRA DE GENEROSIDAD

Carmen pasaba cada mañana, cuando iba al colegio, por delante de aquella pastelería. Y cada mañana observaba con ansia y delectación aquel escaparate lleno a rebosar de delicias que a ella le estaban prohibidas pues en casa no sobraba el dinero y que sabía que otros saborearían.

Caminaba habitualmente de la mano de su madre, pero al llegar frente a la pastelería, y por un instante, ese que en el que ella clavaba la vista en los pasteles, era la mano de su mamá la que la arrastrada y empujaba hacia adelante.

Por eso cada mañana, cuando la pastelería ya quedaba atrás, se decía que en cuanto reuniera el dinero suficiente entraría y compraría aquel pastel de crema, que sobresalía sobre los demás por su tamaño, y que tenía un aspecto tan apetitoso. Y es que nunca su madre le había llevado a casa una milhoja como aquellas que contemplaba cada mañana. Bien es verdad que, cuando llegaban las fiestas del pueblo, solía ir a la panadería y encargaba pastas y magdalenas, más para agasajar a los familiares que vivían en la ciudad y que venían de visita. Pero a ella le gustaba sobremanera aquel pastel de forma rectangular, con crema entre dos obleas y tan… ¡Ummmm! Solo de pensar en el delicioso sabor que debía de tener, se le hacía la boca agua. Si alguna vez había pasado sola por delante de la pastelería y se había quedado parada mirando como extasiada, había segregado tanta saliva que hasta casi le había producido una pequeña sensación de ahogo. “Ahorraré lo suficiente y me lo compraré”, se dijo uno de los días en que pasó sola por delante de la pastelería.

Aunque una mañana, más que contemplar el escaparate de la pastelería, se fijó en que, sentada en la acera, se encontraba una niña, de una edad similar a la suya que pedía limosna. Le dio mucha pena verla allí sentada en el suelo, con un vestido raído y sucio y con el pelo alborotado y despeinado. Tenía aspecto de pasar mucha hambre y su expresión era de gran tristeza. Pero pronto se olvidó de la figura de la niña mendiga y su mente volvió a pensar en ahorrar para poder comprar un día aquella milhoja que tanto ansiaba.

Fueron varias las semanas que tardó en reunir el dinero suficiente para poder comprarla. Se puso tan contenta al ver el dinero ahorrado que decidió no esperar más.

Aquella mañana, en que su madre no pudo acompañarla al colegio, salió de casa decidida a hacer realidad su deseo. Mas al llegar la pastelería y a punto de subir los dos peldaños que daban acceso a la puerta de entrada, observó que como tantos otros días allí se encontraba, sentada en la acera, la niña mendiga que con la mano abierta pedía limosna. La miró un instante, empujó la puerta y entró.

¿Qué quieres, pequeña? – le preguntó la señora que se encontraba tras el mostrador.

– ¿Tengo suficiente para comprar dos milhojas como esa? – le preguntó mientras depositaba sobre el mostrador todas las monedas que había ido reuniendo a lo largo de tantas semanas.

La señora miró el conjunto de monedas desparramadas y, aunque faltaba una pequeña cantidad, le respondió que sí, que era suficiente para llevarse dos milhojas.

– ¿Te las envuelvo?

– No. Póngalas sobre una bandeja que las vamos a comer ahora mismo.

Las tomó con las dos manos, no fueran a caérsele, y eso sí que no se lo perdonaría, y salió de la pastelería.

Bajó las escaleras, se colocó frente a la niña mendiga y, sin decirle nada, solo con la mirada y una sonrisa abierta y limpia, llena de felicidad, le ofreció una de las milhojas.

La niña mendiga no se decidía a cogerla, no estaba acostumbrada a muestras de generosidad como aquella. Carmen entonces tomó una con su mano derecha y se la dio, luego se sentó a su lado. La niña mendiga la recogió sin apartar los ojos de ella. Carmen miró de nuevo a su amiga, se llevó el pastel a la boca y mordió con suavidad. La niña mendiga la imitó y también mordió su milhoja con suavidad y hasta con miedo de que se le fuera a desparramar parte de la crema.

Mientras saboreaban el pastel y trataban de limpiarse los labios con la lengua pasándola una y otra vez por ellos, se miraban y reían con tanta delectación y placer que cualquiera que pasara por aquel lugar y observara a las dos niñas, podría describir aquella imagen como muestra de la felicidad completa.

Y es que a veces las pequeñas cosas son las que nos hacen más felices.

(Dedicado a mi amiga Carmen, la protagonista de esta historia.)

¡Los peligros de envejecer!

Imaginad la escena: dos mujeres de unos cincuenta años (quizá alguno menos) tomando a la puerta de un bar unas cervezas. Al lado, sentada en una silla, apartada de ellas, sosteniendo la correa de un perro, se encuentra una anciana (más de ochenta años probablemente). Una de las mujeres se acerca de vez en cuando a ella y hablan. No logro entender lo que se dicen desde donde me encuentro pero sí puedo ver claramente cómo en una ocasión esta mujer (¿su hija, quizá?) la amenaza y le levanta la mano con ánimo de golpearla. La otra ni se inmuta. No lo llega a hacer y yo creo que es porque los que presenciamos la escena, varios jóvenes desde dentro del bar, una pareja que está a mi lado y yo mismo, en la acera, la miramos con cara de reprobación. Ella nos devuelve la mirada con un claro mensaje: “¡a vosotros qué os importa!” Sin embargo, nos importaba y no sé qué hubiera sucedido si hubiera golpeado a la anciana. Uno de los jóvenes, unos treinta años, la insultó en voz baja, como muestra del estupor que le había producido la escena.
Terminé mi cerveza y me fui del bar. Por el camino iba pensando que no hace muchas noches escuché en un programa nocturno de radio a una anciana lamentarse de que había tenido que socorrer a una hija que se había divorciado acogiéndola en su casa. Y que, a pesar de que la quería mucho, estaba sufriendo un calvario ya que la despreciaba y le insultaba llamándola “vieja guarra”. Que al día siguiente iba a cortarse el pelo porque ella no podía y su hija no quería hacerle una coleta ya que le “daba asco” ponerle la mano encima. A esto había que sumarle que vivía a su costa. Constantemente le estaba pidiendo dinero para sus caprichos y vicios. Y si le decía que buscara trabajo le respondía que no le hacía falta que para eso estaba ella.
Lloraba desconsoladamente al mismo tiempo que iba relatando los desprecios con los que su hija la obsequiaba.
La periodista le aconsejó que buscara refugio en alguno de los otros dos hijos que tenía, que, según la anciana, eran buenas personas.
Quizá sea que voy acercándome a esa edad en que el ser humano más necesitado está del calor de los suyos y más le duele el desprecio de ellos, que ejemplos como estos me revuelven el alma y me producen profunda desolación.
¿Qué pasa por la mente de una hija, hijo o nieto (que también los hay) para que traten con tanta desconsideración a sus padres o abuelos? ¿Cómo se puede tener el alma tan emponzoñada para otorgarles tales muestras de desprecio?
¿Será que no los supieron educar? ¿O es que culpan de su fracaso vital a quien les dio la vida y descargan su despecho y decepción en ellos al no ser capaces de asumir su propia incapacidad?