DIME QUE NO ES VERDAD (cap. 2)

Capítulo 2
Diego dejó a su madre en casa, recomendó a Cecilia, la señora que llevaba más de treinta años en la casa, y que ya era considerada una más de la familia, que le preparara algo de cenar a su madre y que luego se acostara y se fue a buscar a Susana a la librería. Estaba ya recogiendo y preparada para cerrar cuando llegó.
– ¿Cómo está tu padre?
– Bien, dentro de la gravedad. Aunque tampoco es que nos hayan dicho gran cosa. Ya sabes cómo funciona esto. Hasta mañana hay que esperar a ve cómo evoluciona. Yo siempre pienso cuando oigo decir esto, que así es médico cualquiera. Nos ha jodido. Hay que esperar a ver cómo evoluciona, o sea, hay que esperar a ver si se muere o no. Si sigue viviendo estupendo y si no, pues mala suerte.
– ¿Qué van a decir los médicos? Los médicos dicen lo que tienen que decir, ni más ni menos. O es que te crees que son adivinos. Hay enfermedades, como es el caso, en que no hay previsiones que hacer porque no depende de que el cirujano sea diestro en el manejo del bisturí, por ejemplo, sino que es el propio organismo el que decidirá cuál va a ser el resultado final. Ellos lo más que pueden hacer es mantener al enfermo estabilizado, vigilado o sedado… En definitiva: cuidado, pero nada más. ¿Por qué crees que se llama “unidad de cuidados intensivos”?
– Hablas como si fueras médico y tuvieras que defenderte – respondió Diego bastante enfadado por lo que consideraba una actitud ofensiva por parte de su mujer.
– No digas tonterías. No hace falta ser médico para opinar como lo hago yo. Cualquier persona de cultura media sabe que la medicina llega hasta donde llega y nada más. Un médico sutura una herida, receta un antibiótico pero nada puede hacer en los primeros momentos del infarto (salvo administrar oxígeno o algún medicamento si hay fuerte dolor) y hay que esperar a ver cuál es el daño producido para decidir realizar un bypass o cualquier otra intervención coronaria. De ahí que te hayan dicho que es necesario esperar a mañana.
Diego no respondió pues sabía que su mujer tenía razón. Así que salieron de la librería. Susana cerró la puerta y montaron en el coche camino de casa. Ella iba pensando en qué sucedería en el caso de que a su suegro le pasara algo. ¿Sería la que dirigiría la librería o quizá el vago de Pablo pasaría a controlar el negocio? Sin darse tiempo a contestarse a sí misma, preguntó a su marido:
– ¿Quién llevará la librería en caso de que a tu padre le suceda algo?
Diego se quedó callado pues la pregunta le pilló de sorpresa. Pensó un momento en la situación de sus hermanos y en la suya propia y dijo:
– Supongo que al principio serías tú la que continuaría con el negocio. Paula es profesora de literatura en un instituto, yo trabajo en el banco y no creo que Pablo tenga muchas ganas de encerrarse entre las paredes y estanterías de la librería; conociendo cuál es su filosofía de la vida, estoy seguro de que estará encantado de que seas tú la que continúe con el negocio.
– ¿Qué quieres decir con “al principio”?
– Pues que mientras mi madre no decida otra cosa, la librería seguiría funcionando como siempre ha hecho a lo largo de los últimos treinta y tantos años. Hombre, supongo que habría que contratar a una persona para que te ayudara. Tú sola no puedes con todo el trabajo. Pero será mi madre la que decida si continúa o no con ella.
– Bueno, ya está Cecilia que viene a ayudar tres tardes a la semana.
– Ya, pero aun así, necesitarás a otra persona que venga todos los días. Cecilia ahora tendría que dedicarle más tiempo a mi madre.
Hubo un pequeño silencio pues a Diego no le estaba gustando nada el que hablaran como si su padre ya hubiera muerto. Por eso le peguntó a su mujer:
– Pero ¿por qué te preocupa tanto lo que va a pasar con la librería?
– ¡Anda, este! Porque es parte de mi vida. ¡O es que no sabes que llevo casi diez años trabajando en ella! Y porque no podemos permitirnos el lujo de prescindir de otro sueldo.
Diego notó un cierto reproche en las últimas palabras de su mujer. De ahí que su repuesta fuera más un ataque que otra cosa.
– Sí, cierto. Llevas trabajando desde que te casaste conmigo – respondió Diego sin poder ocultar el desdén -. Y por suerte o desgracia el próximo mes se cumplirá el undécimo aniversario de tal evento.
– ¿Me vas a echar en cara ahora que trabajo en la librería porque soy tu mujer? Que sepas que tu padre está encantado conmigo.
-Sí, es cierto. Lo cual no significa que le seas de gran ayuda. Al menos eso dice mi padre cuando tú no estás. Vamos que, si no fueras quien eres, te habría despedido hace ya bastante tiempo. Aunque pensándolo bien, lo que me resulta un tanto misterioso es saber por qué está mi padre encantado contigo.
– Vete a la mierda. No sé como puedo llevar tanto tiempo aguantándote. Eres un creído y un chulo asqueroso. Te crees alguien porque trabajas en un banco y lo que eres es un fracasado y un resentido. No soportas que tus padres quieran más a tus hermanos que a ti. Y aunque has hecho siempre lo que ellos han querido, porque creías que así te ibas a ganar sus favores, has comprobado que son Paula y Pablo los que se llevan lo mejor del cariño de tus padres y tú solo las migajas, y a veces ni eso. Paula es la preferida de tu padre y el “niño” es el ojito derecho de tu madre. Y ¿tú? ¿Quién eres tú? El alumno formal, el hijo buenecito, el adolescente callado, el que hace lo que le mandas, el que no te contradice nunca, el idiota que no sabe llamar a las cosas por su nombre. ¡Eso es lo que eres tú! Tanta carrera superior, tanta licenciatura en económicas para terminar trabajando en un banco como cualquier auxiliar.
Diego paró el coche en medio de la calle. Echó el freno de mano con tanta violencia que a punto estuvo de romperlo y mirando a su mujer con ojos encendidos en sangre le espetó:
– No vuelvas a hablarme así o te arrepentirás. ¿Me oyes? ¡Nunca! ¡Nunca vuelvas a decirme algo semejante! Bastante injusto es que haya hecho a lo largo de toda mi vida lo que me mandaban hacer o lo que se suponía que debía hacer un niño formal y estudioso; un joven sensato y trabajador; un hombre maduro y con un gran futuro y no haya tenido ninguna recompensa, para que encima tú vengas a ridiculizar todo por lo que he luchado y ha sido el motor de mi existencia. No desprecies mi forma de ser, si no te gusto, búscate a otro. Pero no te olvides de que siempre he hecho lo que consideraba que era mi deber. No he tenido que fingir como otros. Yo siempre he actuado con arreglo a una escala de valores, expresión que tú no sabes ni lo que significa, porque tu única escala de valores es la de tener el armario ropero lleno de trapos que ponerte y la cuenta bancaria con saldo suficiente para gastar sin tino.
– Eres repugnante. ¿Me estás acusando de venderme? ¿Es que te crees que soy una fulana? ¿Acaso te crees que no tuve pretendientes mejores que tú? ¿Es que el hecho de trabajar con tu padre quiere decir que me he vendido al mejor postor? ¿No fue algo que decidimos ambos dos, cuando nació el niño, para así tener mayor disponibilidad horaria y ganar al mismo tiempo algo de dinero que no nos venía mal, ya que tú no es que ganaras un gran sueldo que digamos en el banco?
– ¡Sí, así es! – reconoció Diego -. Pero, dime, si no trabajaras en la librería, ¿dónde lo harías?, ¿eh?, ¿dónde?
– Pues en el mismo sitio donde trabajaba cuando te conocí a ti, que ¡maldita la hora!; ¡en el supermercado de mi barrio! Y ahora posiblemente sería la encargada y puede que mi trabajo fuera algo más reconocido que en la librería.
– Mira, vamos a dejarlo. No tengo ganas de seguir discutiendo contigo. Estoy cansado, ha sido un día con demasiadas emociones.
– Sí, eso. Vamos a dejarlo porque no dices más que tonterías.
La miró con cierto desdén cercano al desprecio, arrancó de nuevo el coche y continuaron camino a casa.

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