DIME QUE NO ES VERDAD

 

DIME QUE NO ES VERDAD

Capítulo 1
Cuando el conserje del instituto golpeó con los nudillos de su mano derecha dos veces en la puerta, la abrió y, sin llegar a entrar en el aula, dijo: “¿da su permiso, señorita?”, se encontraba explicando el significado del poema de Quevedo, “Amor más allá de la muerte”. Trataba de hacer comprender a sus alumnos que el verdadero amor perdura a pesar de la desaparición de la persona. Que el amor, si es AMOR (con mayúsculas), transciende. Fijaos cuando dice “nadar sabe mi llama el agua fría…”
– Sí, adelante. ¿Qué sucede? – preguntó al ver la cara del conserje aparecer tras abrir la puerta.
– Que la llaman por teléfono – dijo el Sr. Ruiz con voz firme y grave. Voz que había aprendido a utilizar en sus años de número de la benemérita. No siempre había sido conserje de instituto, antes había sido guardia civil. Poco tiempo después de jubilarse, como la pensión apenas si le daba para ir tirando, solicitó una plaza de conserje. Era normal en aquella época que les concedieran a los retirados de la guardia civil un puesto de trabajo en institutos, colegios y otros lugares de la administración. Y a él, como no podía ser de otra manera, le concedieron la plaza de este instituto de la periferia.
– No sabrá quién me llama – afirmó Paula más que preguntó .
– Sí, es su hermano.
– Voy – dijo con voz de enfadada por haberle interrumpido la explicación.
Salió de clase detrás del conserje sin darse demasiada prisa. No pensaba que la llamada fuera importante. Hasta conserjería, que era donde se encontraba el teléfono desde el que había respondido a la llamada el Sr. Ruiz, había unos veinte metros. Desde que el conserje dejó el teléfono sobre la mesa y fue a avisar a Paula, hasta que esta contestó, no pasaron más de tres o cuatro minutos. Sin embargo, al hermano de Paula le parecieron horas.
– Sí, dime.
– Soy Diego.
– Sí, ya me ha dicho el conserje. ¿Qué pasa? – Su tono de voz era frío, no denotaba ninguna emoción, porque no pensaba que pudiera suceder nada extraño.
– Es papá. Le han ingresado en La Paz. Ha sufrido un infarto. Aparentemente está bien, pero nunca se sabe. A su edad cualquier cosa puede revestir gravedad. No hace falta que vengas enseguida pero he creído necesario que lo supieras. Ven cuando puedas.
Paula miró su reloj y vio que eran las doce y media. Le quedaba una clase por dar. Así es que dijo:
– Mi última clase finaliza a la una y veinte. En cuanto acabe, voy para allá.
– Vale. Hasta luego entonces. Un beso.
– Un beso.
Colgó el teléfono y volvió al aula. Mientras iba por el pasillo, cabizbaja y pensativa, imaginándose a su padre sobre la cama del hospital, sonaba el timbre que indicaba el final de la clase anterior y el comienzo de la siguiente. Entró en el aula, recogió sus cosas, salió y se fue a dar su siguiente clase.
De su mente no se iba la imagen de su padre. “¡Un infarto, se repetía, es un infarto! Esperemos que salga de esta”. Dio la clase lo mejor que pudo (aunque no tenía el ánimo para ello), salió del aula y, sin decir nada a nadie y sin pasar por la sala de profesores, se dirigió al aparcamiento; entró en el coche, arrancó con cierta premura y a más velocidad de lo que estaba permitido, enfiló el Paseo de Extremadura, llegó a la M–30, y veinte minutos después estaba entrando en el aparcamiento del hospital “La Paz”. Preguntó en información por la habitación donde se encontraba su padre y subió para allá.
Era la 215. Abrió la puerta y se encontró con su madre y con su hermano Diego. Miró directamente a la cama donde se suponía que debía estar su padre pero no había nadie reposando en ella.
– A ver, contadme – dijo después de darles un beso -. ¿Dónde está papá? ¿Qué ha sucedido? ¿Cómo ha sido?
– Pues nada, hija. Como suelen suceder estas cosas. Estaba en la librería como todos los días y de pronto se sintió mal. Creía que se moría: notó el típico dolor en el brazo izquierdo y una opresión en el pecho que apenas si le permitía respirar. Se lo dijo a Susana y esta, al ver el estado en que se encontraba, avisó a una ambulancia, que vino enseguida, todo hay que decirlo, y a continuación nos llamó a nosotros. Bueno, primero a Diego y él a mí.
Miró de nuevo hacia la cama donde suponía que debería estar su padre y volvió a preguntar:
– Y ¿dónde lo tienen?
– Está en la UCI – respondió su hermano.
– Pero ¿no me habías dicho que no era grave?
– Sí, eso fue lo que te dije. Pero no es verdad. ¡Está grave! Más de lo que quisiéramos. El médico que nos ha atendido al llegar nos ha dicho que ya en la ambulancia ha estado a punto de morir. Que confían en que no se hayan producido lesiones graves en el corazón y que la parte necrosada sea mínima, o sea, que la cantidad de músculo cardíaco perdido sea muy pequeña. Un punto a favor es la rapidez con la que ha sido atendido. Hay que esperar entre doce y veinticuatro horas a ver cómo evoluciona.
Paula dio dos pasos y se puso a mirar por la ventana pues no quería que la vieran llorar. Solo pensar que su padre podía morirse, le llenaba el alma de tristeza. ¡Lo quería tanto! Había pasado tan buenos momentos en sus brazos, sobre sus rodillas, jugando con él, oyéndole contar cuentos que se inventaba…
¡Cuantas veces volvía la mirada hacia su niñez, se veía en brazos de su padre riendo por las cosquillas que él le hacía cuando le rozaba con sus dedos el costado! Si se ponía a recordar su infancia, la cara se le iluminaba de felicidad. Era cierto, para ella al menos, como decía el poeta, que “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Sentada en las piernas de su padre, mirándole fijamente a los ojos, cogidos de la mano (para que ella no se cayera), él la desplazaba hacia adelante y hacia atrás, mientras cantaba la canción “aserrín, a serrar maderitos de san Juan” y ella reía y reía con todas sus fuerzas hasta que, cansada por el esfuerzo que le suponían las carcajadas que terminaba dando, tenía que refugiarse pegándose fuertemente a su pecho, al mismo tiempo que él la abrazaba y cobijaba hasta sentir que se serenaba y entonces ella volvía a decir: “otra vez, papá”. Y él, después de repetir el juego dos o tres veces, le decía: “Ya estoy cansado, hija, luego jugamos otro poco”. Y la dejaba de pie en el suelo y se iba a hacer sus cosas.
Se dio la vuelta y se encontró con la mirada de su hermano Diego. Y entonces cayó en la cuenta de que faltaba Pablo, el menor de los tres hermanos. Por eso preguntó:
– ¿Pablo sabe algo?
– No le hemos localizado – dijo Diego -. No ha dormido en casa, a saber dónde andará. Ya sabes cómo es.
Pablo había llegado al mundo de los vivos cuando ya nadie le esperaba: un poco tarde y en un descuido, como solía decir su madre. Era el que menos apego mostraba por la familia. Hacía su vida. Estaba soltero y no parecía que tuviera ganas de casarse. No le duraba una relación más de dos o tres meses. Por otro lado, su vida era lo bastante bohemia como para que pocas mujeres estuvieran dispuestas a vivir a salto de mata como hacía él, que tan pronto estaba en una ciudad de un país europeo como transitaba por las montañas del Himalaya. No quería ataduras, por eso no tenía trabajo fijo. Si trabajaba durante un tiempo y ahorraba algo, enseguida encontraba destino donde ir a gastar el dinero. Le apasionaba conocer otros países, otras culturas, otras formas de pensar. En el fondo era envidiado por sus hermanos, aunque nunca lo reconocían en público, sobre todo Diego, que era el hijo formal y tradicional, que nunca dio un disgusto a sus padres, ni siquiera siendo un adolescente.
Mientras su madre esperaba sentada en el sillón que estaba al lado de la cama destinado al acompañante del enfermo y Diego daba pequeños paseos saliendo y entrando de la habitación al pasillo, ella seguía mirando a través de la ventana, ahora apoyada en la pared, de medio lado y con los brazos cruzados. Su mente no paraba quieta y volaba por el firmamento recogiendo imágenes suyas junto a su padre.
Estaba oscureciendo y se había puesto a llover intensamente. De pronto, comenzó a observar a las personas que veía deambular por la calle. Era algo que hacía con mucha frecuencia. Paula era una mujer soñadora. ¡Cuántas veces, en esas tardes oscuras y tristes del invierno en que llovía o el viento soplaba con fuerza y movía las hojas de los árboles, se sentaba en el sillón que tenía colocado frente a la ventana del salón de su casa y observaba a la gente que pasaba por la calle! Entonces, dejaba que su imaginación ideara una historia para cada uno de ellos.
Y eso fue lo que comenzó a hacer en este instante. El hombre con gabardina que entraba con rapidez en la tienda de ultramarinos de la esquina y apenas si le daba tiempo a cerrar el paraguas antes de introducírselo por la nariz a la señora que salía en ese mismo instante, por no querer mojarse apenas, era un señor que había sido abandonado por su esposa, la cual se había ido con un joven rico y apuesto; y ahora debía preparar la cena a sus hijos y, como no tenía costumbre, se le había olvidado comprar lo necesario.
El chico que repartía paquetes y que, a pesar del chubasquero que le cubría, se le veía con el rostro y el cabello empapados por el agua, estaba tan enojado con su jefe que lo ahogaría allí mismo en el charco formado ante la puerta del comercio de ropa, llamado “Pozas”, donde debía entregar el paquete, y en el que había introducido los pies hasta los tobillos.
La pareja de enamorados que iban juntitos, cobijados bajo el mismo paraguas y sonrientes a pesar del mal tiempo, iba sopesando si casarse por la iglesia o por el juzgado, teniendo en cuenta los gustos de las mamás respectivas.
Los adolescentes, que pasaban corriendo sin miedo a mojarse porque ya estaban empapados, iban dando gritos porque llegaban tarde y por la emoción que les producía saber que se iban a encontrar con las chicas del instituto con las que habían quedado.
Esta manera de entretenerse haciendo volar la imaginación era algo que había heredado de su padre. Cuando viajaban en el coche, siendo muy niña, por cada persona, casa o lugar que divisaban, el padre contaba una historia referente a cada uno de ellos. Ella al principio pensaba que su padre tenía poderes mágicos y era capaz de ver a través de los objetos. Pronto se dio cuenta de que lo que hacía era inventarse historias que por supuesto nada tenían que ver con la realidad. Pero a ella le encantaba escuchar a su padre. Era capaz de inventar sobre la marcha un cuento con tal de que comieran o cenaran. Y, aunque no siempre estaba en el momento de la comida, porque el trabajo no se lo permitía, no había noche, en que su padre estuviera en casa, que no les leyera un cuento antes de dormirse.
Fue Diego el que sacó a Paula de su ensimismamiento cuando dijo:
– Llevamos aquí más de tres horas y aún nadie ha venido a decirnos qué es lo que pasa con papá. Voy a bajar a recepción a preguntar.
– Tranquilo. Si algo no fuera bien, ya nos lo habrían comunicado. Las malas noticias llegan volando – dijo Paula con cierta resignación -. Lo que deberíamos hacer es buscar a Pablo y avisarle de que papá está en el hospital.
– Ya. Y ¿dónde le avisamos? ¿eh? – dijo Diego bastante enojado -. ¡A saber dónde andará el señorito!
– Bueno, guárdate la mala uva para otro momento. No se trata de juzgar ahora la forma de vida de nuestro hermano. Sino de encontrarlo y decirle en qué situación se encuentra papá.
– Haced el favor de no discutir en mi presencia y menos en momentos como este – dijo la madre bastante compungida -. Bajad al pasillo de entrada y llamad desde la cabina a casa de Laura. Es la chica con la que sale últimamente. Quizá ella sepa algo. Toma, – y le dio a Paula la agenda donde tenía el número de Laura apuntado – mira a ver cuál es el número, tú ves mejor que yo. Haz el favor.
El tono de voz de la madre mostraba un gran cansancio. Quizá no físico pero sí emocional. Aunque ante sus hijos procuraba aparentar una gran entereza, el temor a que sucediera lo peor y la incertidumbre que le suponía desconocer la situación en que se encontraba su marido hacían que la desazón anidara e hiciera mella en su corazón.
Ella, como hacía su hija, también recordaba los buenos momentos vividos con Germán. Se decía a sí misma que a pesar de llevar juntos casi cuarenta años, aún se mostraban cariño cada día. Los hijos se maravillaban de que a pesar de haber cumplido los sesenta años, todavía se sentían con fuerzas para salir a cenar o asistir a espectáculos, que a ambos les encantaban, como la música, el cine o el teatro.
Él regentaba una librería desde los veintiséis años, después de invertir todo el dinero que ganó trabajando, primero de chico de los recados en una zapatería y de camarero después, desde los dieciséis años. Era una de las librerías más antiguas y de mayor prestigio de la zona centro. No había libro que solicitara un cliente que no estuviera ya registrado. Y si en alguna ocasión sucedía lo que para él era un desastre, que el libro aún no hubiera llegado, daba las órdenes oportunas para que se subsanara el error de inmediato. Tenía clientes muy antiguos. Y a todos los conocía por el nombre. Muchos pasaban por allí no para comprar sino simplemente para charlar un ratito con él. Y ella, aunque no trabajaba en la librería, los conocía de tanto como su marido le hablaba de ellos y también porque en alguna ocasión, casi siempre por casualidad, había coincidido con ellos en la librería.
Fue una de las primeras librerías que puso en funcionamiento el pago a plazos. Y su marido se sentía orgulloso de ello, pues decía que era la única forma de que la cultura pudiera llegar a todo el mundo y sobre todo a los pobres. Podías abrir una cuenta pagando una cantidad fija al mes, cada uno según su situación económica, no menos de cien pesetas pero tampoco tenía que ser más, y te podías llevar a casa los libros que quisieras, siempre que no superaran el doble del valor que tenías contratado. Para la mayoría de sus clientes era algo extraordinario poder disfrutar de esa posibilidad.
Mientras doña Rosario recordaba parte de sus andanzas con su marido, su hija Paula había bajado a la cabina de la entrada a llamar y ahora entraba por la puerta de la habitación con noticias del hermano pequeño. Antes de que la madre pudiera preguntarle, ante la mirada de inquietud que denotaba la expresión de su rostro, Paula dijo:
– Ya lo encontré. Efectivamente estaba en casa de la tal Laura. Ya está viniendo para acá.
– Menos mal – alcanzó a decir la madre con voz apenas audible.
Paula se dio cuenta de lo débil que se encontraba su madre por lo que le propuso ir a buscarle un café. Pero ella le contestó que no quería nada.
Apenas media hora después, llegó Pablo. Llevaba el pelo largo y vestía de manera informal; pantalón vaquero y camisa a cuadros rojos y negros, demasiado informal para el gusto de la madre. “Vistiendo es un desastre, ¡pero es tan cariñoso!” – solía decir.
– Hola, mamá – dijo a su madre al mismo tiempo que le daba un beso. ¿Cómo está papá?
– ¿Dónde andas?, hijo, que no sabemos nada de ti. Hace que no vas por casa ni me acuerdo los días. – Como no le contestaba, la madre continuó : pues… ¿cómo va a estar?, pues mal. ¿Es que no sabes lo que significa sufrir un infarto? – y el tono era de enfado y hasta de reproche, pero al mismo tiempo mezclado con un poso de dulzura y de cariño que no pasó desapercibido para Diego.
Pablo no contestó a su madre, fue hacia la ventana donde se hallaba Paula y le dio un beso, mientras que saludó con un “hola” a Diego.
Visto desde fuera, se diría que no parecían tener muy buena sintonía los dos hermanos. Y era cierto. Diego, que siempre había sido el hijo perfecto, no veía con buenos ojos a su hermano Pablo, el pasota, el moderno, el que hacía lo que le daba la gana y nadie le reprochaba nada. Como era un “artista”. Y es que a cualquier cosa en su casa llamaban artista. “¡Porque había asistido durante algunos años a clase de guitarra en el conservatorio de música! – solía decir con frecuencia -. No me jodas, menudo artista; lo que pasa es que es un caradura y se aprovecha de las circunstancias”. Y estaba seguro de que todo se debía a que era el menor, a que había llegado a esta familia cuando ya nadie le esperaba y sobre todo, a que era el niño bonito de su madre.
A él, en cambio, nunca le pasaron ni una. Si alguna vez trajo alguna nota menor de un notable, fue reprendido como si hubiera suspendido. A su hermano, (Paula sacaba buenas notas también) nunca le reñían aunque suspendiera cuatro o más asignaturas. “Ya las sacará”, decía la madre, “aún es muy niño”. “Y así le ha ido, que a los veinticinco años aún no ha terminado una carrera de risa como es psicología”.
Pablo se sentó a los pies de la cama y todos se miraron unos segundos, como esperando que alguien rompiera el silencio que empezaba a ser un poco desagradable. Pero no hizo falta, pues en esos mismos instantes entró en la habitación una enfermera para avisarles de que podían marcharse a casa, pues “el enfermo permanecería en la UCI hasta mañana por lo menos. No se había producido ninguna novedad y seguía estable dentro de la gravedad.”
– ¿No le podríamos ver, aunque fuera un momento? – pidió la madre casi con tono de súplica.
– Ahora no es posible, señora. Lo siento. Mañana por la mañana, de once a doce, si los médicos lo permiten, podrán pasar de uno en uno a ver al enfermo – dijo casi con cierta pena de que las normas fueran así.
– Nos vamos, entonces, dijo Diego, dirigiéndose a todos – que por algo era el hermano mayor -. Vamos, mamá, volvemos a casa. Aquí ya no hacemos nada.
– Y en casa ¿qué voy a hacer? – contestó enfadada -. Yo quiero estar al lado de tu padre.
– Ya has oído a la enfermera. Hasta mañana no podremos verle. ¿Para qué quieres quedarte aquí? Si pudieras ayudar en algo… Haces lo mismo en casa que si permanecieras aquí.
– Está bien, vamos – dijo resignada .
Los cuatro salieron de la habitación precedidos de la enfermera, que se despidió amablemente. Paula le dijo a Pablo si quería que le acercara a algún sitio. Ella iba a su casa pero, no tenía prisa, podía llevarle donde dijera.
– De acuerdo – dijo-. Llévame a casa de Laura.
Ya dentro del coche, Pablo preguntó a su hermana si era grave la cosa.
– Bueno, el médico que ha hablado con mamá y con Diego ha dicho que hay que esperar a ver cuánta cantidad de músculo cardíaco ha sufrido daño. Las próximas horas son fundamentales: si no empeora, es posible que salga con bien y con mínimas secuelas.
Como Pablo no hablaba, Paula volvió la mirada hacia su hermano y pudo ver con cierto estupor que estaba llorando.
– ¿Qué pasa, Pablo? – le dijo con cariño, al mismo tiempo que posaba su mano sobre su hombro -. Tranquilo, que papá no va a morir. Es fuerte y saldrá de esta, ya lo verás.
Miró hacia el frente, atenta a la conducción, durante unos instantes, justo los que necesitó para enjugarse también las lágrimas que habían acudido a sus ojos al ver a su hermano llorar. Repuesta, dijo:
– Y yo que siempre he pensado que eras insensible… Y resulta que el niño tiene corazoncito… – y se puso a reír.
Paula no se esperaba la reacción de su hermano, pues lo dijo casi en tono de broma. Pero a él no le gustó nada oírle decir que no era sensible.
– ¿Qué sabes tú de mí? ¿Alguna vez te has preocupado por mí? ¡Cómo vas a saber lo que siento o dejo de sentir! Mira, Paula, durante todos estos años, he deambulado por la casa sin que nadie pareciera verme. Si tropezabais conmigo, como podíais hacer con un mueble o cualquier objeto, me dabais un empujón para que no molestara. Nunca fui tenido en cuenta. Sí, ya sé que soy el menor de los tres, que hay una cierta diferencia de edad, pero eso era antes, ahora ya no hay tanta, estoy a punto de cumplir veinticinco años, pero seguís sin tenerme en consideración, para vosotros sigo siendo un mueble. Me acuerdo de que en una ocasión, siendo ya mayor de edad, desaparecí tres días y nadie notó mi ausencia. Bueno, mamá fue la única que me echó en falta. O aquella otra vez, cuando estaba en 3º de BUP y me fui de viaje de fin de estudios durante una semana, cuando regresé, ninguno de los dos, ni tú ni Diego, me preguntasteis qué tal lo había pasado. Ni os habíais enterado de que había estado fuera una semana. ¡Increíble!
Paula decidió esperar unos segundos antes de reanudar la conversación.
– Así que ya vas a cumplir veinticinco años. Pronto me alcanzarás, si sigues cumpliendo. Yo aún tengo treinta y dos – y sonreía mientras le miraba de reojo sin dejar de prestar atención a la conducción.
– A veces las apariencias engañan, o mejor dicho, a veces hay que aparentar algo que no se es, sobre todo cuando sientes que eres poca cosa para los demás. Como te ves desplazado, haces como que no te importa nadie nada, aunque todo es una pose producto del aislamiento en el que te encuentras.
– No digas eso, Pablo, por dios. Tú sabes que te queremos muchísimo. Lo que pasa es que es cierto que muchas veces no somos conscientes del daño que hacemos. Es decir, que no nos damos cuenta de que el no aprecio es peor que el desprecio, que dice el refrán. – Hubo otro silencio hasta que Paula dijo: ¡lo siento si te he hecho daño!
– Bueno, no te preocupes. Quizá me he puesto un poco melodramático. Tampoco ha sido para tanto. La situación es propicia para el lamento, ¡eso es todo!
– A todo esto, no me has dicho dónde tengo que llevarte. ¿Dónde vive la tal Laura?
– Ya te has pasado. Tenías que haber tomado la salida de Ramón y Cajal. Sal en Parque de las Avenidas y nos vamos a un pub que conozco a tomarnos una cerveza.
– Estando papá en la UCI… No te parece un poco…
– Un poco… ¿desconsiderado, quieres decir? ¿Tú crees que le disgustaría saber que nos vamos a beber unas cervezas a su salud con lo que le gusta a él la cerveza?
– No, seguro que no le molestaría. Bueno, lo que le gustaría es poder tomársela con nosotros. Pero nos bebemos una rápida que no quiero llegar muy tarde a casa, que mañana tengo clase a primera hora.

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