LA SOLEDAD DEL PERDEDOR

7 de octubre de 2013
LA SOLEDAD DEL PERDEDOR
Una noche más decidió ir a tomar una copa al bar de siempre. Era un poco lúgubre y bastante feo. Era un rectángulo delimitado por la barra, en forma de ele, que se encontraba a mano derecha. Al fondo, una cortina ocultaba el acceso a un pasillo más estrecho aun donde se encontraban los servicios, la cocina y despensa.
Le gustaba colocarse en el rincón que delimitaba la barra con la pared de la puerta de entrada. Sentado allí podía sentirse protegido, además veía al resto de los parroquianos.
Siempre solía tomar lo mismo: una cerveza, aunque más bien habría de decir una detrás de otra. El dueño del bar le conocía perfectamente no en vano eran ya varios los años que casi a diario pasaba por allí. Se llamaba Ramón, aunque la clientela le llamaba “Moncho”.
De los clientes con los que coincidía habitualmente, uno era especial. Se llamaba María. Como a él, también le gustaba tomarse una copa antes de irse a dormir. Ya no era una niña, aunque todavía estaba de buen ver. Había cumplido los cuarenta y seguía soltera. “Que les aguante su madre”, solía decir. “La mayoría de los hombres no valen ni para joder”, para de inmediato rectificar, “bueno para eso sí, para joderte la vida, para eso sí que valen”. “Tú eres diferente”, le decía, mirándole a los ojos con una mirada entre pícara y coqueta. “La prueba es que tampoco te has casado”.

Fascículo 2º

Luis no le contestó pues pensaba que qué tenía que ver lo uno con lo otro. Él no se había casado porque no había encontrado el momento de decirle a una mujer que la quería o porque no había sido lo suficientemente valiente para acercarse a una y proponérselo. Porque (pensaba) ¿cuál es realmente el motivo por el que sigo soltero? Y no sabía responderse. Había salido con alguna chica por la que sentía cuando menos cariño si no amor. Pero por unas razones o por otras…. Quizá por cobardía….
Se quedó pensativo mientras daba un sorbo a su cerveza, para de pronto, ver claro el motivo de su fracaso amoroso. Cogió a María por los brazos y le dijo mirándole a la cara fijamente:
– Sabes por qué no nos hemos casado, María?
– No, dímelo tú, si lo sabes, – dijo ella sonriendo un tanto incrédula, levantando los brazos todo lo que él le permitía como protegiéndose de la risa que le estaba dando viéndole tan serio.
– ¡Porque somos dos perdedores! (María, que se ha soltado de las garras de Luis, se le queda mirando no entendiendo nada. Se vuelve hacia la barra y da un sorbo a su ginebra). Y la gente no quiere a los perdedores, prefiere a los triunfadores, como es lógico. Infunden mayor confianza y no dan pena como nosotros. Y lo dijo con un aplomo que hasta él mismo se sorprendió del tono de voz tan elevado que había usado. Ella se le quedó mirando casi asustada pues nunca le había visto hablar dando voces como ahora había hecho, y le soltó, también con un tono de voz sumamente alto.
– ¡No estoy de acuerdo! Ya te lo he dicho muchas veces. Yo no me he casado porque no he encontrado a un hombre sensible que supiera comprenderme. Porque siempre me parecía que salían conmigo para aprovecharse de mí. No porque sea una perdedora. Yo no soy una perdedora. Soy una persona normal, como cualquier otra, que siempre he vivido de mi trabajo. Que no le debo nada a nadie. Que me he valido por mí misma desde los dieciséis años, que es cuando entré a trabajar en el comercio “Las Novedades”, aunque de novedad ya no tienen nada.
En ese momento entraron por la puerta dos clientes a los que conocían perfectamente pues frecuentaba el bar tanto como ellos. Eran dos buenos amigos: Pepe y Federico, al que todos le llamaban “Fede”.
Buenas noches, dijeron a coro ambos.
Buenas noches les respondieron ellos.
Mira, ahí tienes a otros dos triunfadores de la vida. El uno cojo y el otro con los pulmones destrozados.
María le miró con un cierto enfado y con un tono de reproche, le dijo:
– Mira, no sé lo que te pasa hoy, amigo. Pero no te reconozco. Si sigues así, te dejo y me voy a casa. ¿Te ha pasado algo hoy que no puedas decirme? ¡Pero qué coño te pasa, tío! ¡Cómo puedes decir que somos dos fracasados! Si acaso, lo serás tú, no te digo. Yo no soy una fracasada, ¿me entiendes?
– ¡No, fracasados, no! He dicho perdedores, querida mía. ¡Per-de-do-res! Y resaltó cada sílaba de forma harto elocuente. No es lo mismo ser perdedores que fracasados.
María dejó de mirar a Luis y se dio la vuelta, y con ánimo de devolver al encuentro un poco de cordura, decidió pedirle al camarero otras dos consumiciones:
Gabi, haz el favor, anda. Ponle al amigo Luis una cerveza a ver si se le refrescan las ideas y a mí dame una ginebra, pero bien fría que la otra no lo estaba.

(fascículo 3º)
Los dos bebieron al unísono sin mirarse. Pepe y Fede levantaron sus vasos de vino y brindaron sin decir palabra. María dejó su copa y le dijo:
– ¿Qué diferencia hay entre un fracasado y un perdedor?
– Pues muy sencillo, respondió Luis. El fracaso pertenece al mundo interior de la persona, forma parte de la realización propia, es uno el que siente que ha logrado lo que se proponía o no. Mientras que el ser triunfador o perdedor pertenece al entramado social. Son los otros los que deciden si has alcanzado el triunfo o no. Por ejemplo, para que lo entiendas, una persona puede ser un fracasado como padre y esposo porque las relaciones con su pareja y con sus hijos no son como a él le gustaría. Sin embargo, puede ser un tipo de éxito social porque es un buen empresario o porque es un buen profesional de la abogacía o cualquier otra faceta de la vida laboral.
– Ya, entonces tú y yo no somos fracasados porque hemos logrado lo que queríamos, ¡no ser nada! (Y se echó a reír). En cambio sí somos perdedores porque los demás nos ven como tales ya que no hemos tenido éxito en la vida ni como empresarios ni como abogados o médicos.
– Más o menos, dijo Luis.
De nuevo hubo un largo silencio entre ambos. Los dos bebían mientras tanto. Hasta que María volvió a hablar:
– Tú sabes algo de mi vida, ¿verdad?
– Sí, algo me has contado a lo largo de estos años.
– Sabes que me quedé huérfana de madre a los quince años y que mi padre se volvió a casar con una señora.
– Sí, hace tiempo que me lo contaste.
-Y sabes que me puteó todo lo que pudo…
– Bueno, algo intuía o algo me contaste tú….. Ya no me acuerdo bien. Pero ¿a qué viene ahora este interrogatorio?
Hubo otra pausa entre ambos hasta que María le dijo:
– Voy a contarte algo que no he dicho nunca a nadie. Así quizá entiendas por qué estoy sola y no me he casado. Pero voy a ponerte antes en antecedentes.
Cuando mi padre se casó, yo pensé, ingenua de mí, que la señora con la que lo hizo supliría a mi madre y que por tanto todo volvería a ser como antes. O sea, que yo volvería a ser feliz. Pero me equivoqué. Era mala, me trataba con desprecio y procuraba hablarle mal de mí a mi padre para que este me castigara. Me ignoraba, que es lo peor que le puedes hacer a un adolescente. Como si no existiera. Sólo se dirigía a mí cuando me tenía que mandar hacer algo. Convenció a mi padre para que me pusiera a trabajar cuanto antes. No había cumplido los dieciséis años (edad mínima para poder acceder al mercado laboral, que se dice ahora) cuando me sacó del colegio. Y yo era una buena alumna que hubiera podido terminar una carrera y ser hoy en día una mujer de éxito…. (Hizo una pausa y continuó) Como no era posible trabajar fuera por no tener la edad reglamentaria, me obligaba a trabajar en casa como si fuera la criada, mientras ella se maquillaba, se vestía de fiesta y se iba por ahí. Yo se lo decía a mi padre pero este no me creía y siempre me decía que lo que tenía que hacer era obedecerla.
Pero yo tenía decidido que debía abandonar aquella casa cuanto antes. Por eso, pocos días después de cumplir los dieciséis años, salí a la calle en busca de trabajo. No soportaba estar más tiempo en casa con aquella señora. Entré en varios comercios de la ciudad solicitando un puesto de aprendiza y por fin en “Las Novedades” me contrataron. Me hicieron algunas preguntas sobre mis gustos, mi disposición para el comercio por los horarios, por qué había dejado de estudiar…. Y poco más.
Al llegar a casa, por la noche, se lo dije a mi padre y le pareció bien. Ella no dijo nada, pero se la veía que disfrutaba con la noticia. Más tarde se arrepentiría de ello.
Desde ese día mi vida cambió. Ya no tenía que trabajar en casa pues lo hacía fuera. Mi madrastra no parecía ahora tan contenta pues tenía que hacerlo ella y no le gustaba demasiado, parecía que había nacido para estrella del cine, no soportaba romperse una uña. Pero no le quedó más remedio que hacerlo, ¡que se joda! – y reía mientras daba otro trago de ginebra.
Pasaron los años y como mi sueldo había aumentado y me daba para alquilar una habitación, y ya no soportaba más a mi madrastra, le dije a mi padre que me iba de casa. Él al principio, puso alguna pega, más por aquello de parecer un padre interesado por el devenir de la vida de una hija que por que realmente le importara que me fuera.
Alquilé una habitación a una señora viuda que pasó a ser casi como una madre para mí. Al menos, al terminar la jornada de trabajo, no me entraba la angustia que sentía cada vez que atravesaba la puerta de mi casa. Y así fue pasando el tiempo. Días buenos con otros no tanto. Pero fui al menos libre para hacer lo que me dio la gana. En estos años toda relación con mi padre consistió en ir a comer algún domingo con él. A veces me llamaba a la pensión (así la llamaba él) para preguntarme qué tal estaba. Y por mi cumpleaños, que no se olvidó nunca.
Gabi, (ahora fue Luis el que le llamó) danos otra copa, anda, que María tiene la garganta seca de tanto hablar. Y pon un poco de música relajante. Pon “Pyramid” de Andreas Wollenweider, que me trae buenos recuerdos.
Oye, si te molesto, me callo, ¡atontao, que eres un atontao!
Ja,ja,ja. Eres única, pequeña. Te picas enseguida, pero te pones tan guapa cuando te enfadas.
¡Vete a la mierda! (A Luis le dio la tos de tanto intentar aguantar la risa).
Perdona, perdona, es que quería relajar un poco la tensión…
Gabi les puso las copas y María continuó:
Había cumplido los veintiún años, cuando un día del mes de enero, me vinieron a buscar al trabajo para decirme que mi padre había tenido un accidente. Mi padre tenía que Viajar al norte y aunque había nevado mucho aquella noche y no debería haber salido de casa, no le quedó más remedio que hacerlo pues el trabajo se lo exigía. La carretera estaba cubierta de nieve. En una curva muy pronunciada no pudo hacer nada, el coche salió despedido y se despeñó yendo a parar al fondo de un barranco.
Te ahorraré detalles. Todo fue bastante desagradable. El cuerpo era irreconocible. Por las pertenencias que si no, no hubieran sabido quién era. Después del funeral tuvimos lío de papeles, ya sabes, lo normal en estos casos. Mi madrastra procuró quedarse con todos los bienes de mi padre salvo los que no le quedó más remedio que darme porque me correspondían por ley. Y si te he visto, no me acuerdo. Hasta hoy. Nunca más la he vuelto a ver.
¿Te estoy aburriendo?
No, en absoluto. Sigue, que está muy interesante.
A partir de este momento, creí que ya nadie más que yo sería dueña de mi vida, pero estaba equivocada.
Al poco tiempo, entró a trabajar en “Las Novedades” un joven de mi edad, muy bien parecido, agradable en el trato, de gestos pausados y delicados, así como muy alegre y jovial. Desde el primer momento supe que aquel joven galán me iba a conquistar.
(fascículo 4º)

Se llamaba Jaime. Me derretía con solo verlo llegar por la mañana. No te digo nada si me hablaba o me cogía del brazo para indicarme algo. Un día me invitó a salir. “¿Te apetece que, después del trabajo, vayamos a tomar un café?” No le dije que sí de inmediato, no quería que pareciera lo que realmente era, que estaba deseando salir con él, y le contesté que me lo pensaría. Antes de la hora de cerrar volvió a preguntarme si ya había decidido qué hacer y le dije que sí, que aceptaba su invitación.
Aquel día tomamos un café en una cafetería y charlamos del trabajo fundamentalmente, parecía que ninguno de los dos deseábamos tocar otros temas más personales; más tarde dimos un paseo por la ciudad y, al anochecer, me acompañó a mi casa. Todo muy normal. Fue agradable pasear en su compañía.
Aquella noche apenas dormí, todo el tiempo estuve imaginando que paseaba de su mano por la ciudad.
La semana pasó muy rápido y sin que él me invitara de nuevo a salir; pero el sábado me propuso volver a salir juntos. Esa noche fuimos al cine. Me temía que allí dentro de la sala y en medio de la oscuridad intentara sobrepasarse. Y yo no sabía cómo iba a responder, mejor dicho sí sabía lo que debería hacer una joven decente como yo, pero no me fiaba de mí misma; estaba igual que los deportistas a los que les han abandonado las fuerzas después del ejercicio y al menor choque caen al suelo. A la menor insinuación, podía caer rendida entre sus brazos.
Pero no hizo falta que usara ninguna táctica disuasoria una vez sentados en la butaca del cine. Se portó como todo un hombre, o mejor sería decir, se portó no como habría hecho cualquier hombre. (Aquí Luis no pudo reprimir la risa. Tanta risa le dio que hasta Pepe y Fede, que andaban a lo suyo y no les prestaban apenas atención, se callaron y volvieron las miradas hacia ellos.)
María, al verle reír, le imitó, aunque con un rictus de cierta tristeza o pena.
-Y ¿luego? ¿qué pasó? Porque supongo que la cosa no quedó ahí.
-No, la cosa discurrió con toda normalidad. Es decir, iniciamos un período que podríamos llamar de noviazgo. Íbamos a la discoteca a bailar, algún día me llevó a cenar a un restaurante de cierto lujo y cenamos muy bien, como es lógico, paseábamos de la mano, me besaba en la mejilla al despedirme a la puerta de casa…. La cosa iba hacia adelante que diríamos. Hacía más de seis meses que estábamos saliendo y yo era feliz y creo que él también. Un día me dijo que sus padres me querían conocer. Que nos invitaban, bueno, que me invitaban a comer con ellos el domingo siguiente. Acepté como no podía ser de otra forma. Fue agradable el encuentro con su familia. Me parecieron dos buenas personas: sencillas y sinceras. No guardaron formalismo alguno conmigo por lo que me sentí tremendamente cómoda.

Todo era demasiado bonito para durar eternamente. Y….
Un día faltó al trabajo. Llamé a su casa y me dijo su madre que estaba enfermo. Pregunté si era grave. Y me aseguró que era una gripe, que tenía mucho catarro y que le dolía por eso el pecho. Que el médico le había recetado unos antibióticos y que en unos días estaría de nuevo con nosotros.
Pero iban pasando los días y no se reintegraba al trabajo. Yo le visité unas cuantas veces pero no tantas como hubiera deseado pues no quería importunar. Oficialmente aún no éramos novios.
Un día que no había ido a verle, me llamó él. Estaba más débil de lo normal, se le notaba en la voz. Quería que fuera a su casa. Le pregunté si pasaba algo. Me dijo que no, pero que necesitaba hablar conmigo.
Cuando llegué, su madre me saludó atenta como siempre. Me acompañó a la habitación de Jaime, como hacía normalmente y luego de anunciar mi llegada, nos dejó solos. Le di un beso y luego, al observarle detenidamente, pude comprobar que en unos pocos días había cambiado su aspecto de forma extraordinaria. Estaba tan demacrado y tan delgado que no parecía él. Yo le pregunté qué tal estaba y me respondió con una voz apenas audible.
Bien. (Intentó sonreír, pero no pudo). Y ¿tú? ¿Qué tal por la tienda? (Fue un gran esfuerzo para él hacerme la pregunta).
Bien. Como siempre, te echamos de menos, sobre todo yo, (y tuve que detenerme porque se me saltaban las lágrimas. Daba mucha pena verlo). Pero, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás tan débil? ¿Qué dicen los informes médicos?
Su mirada indicaba a las claras que estaba muy asustado. Me cogió las manos y me dijo:
Estoy muy enfermo, María. Tengo una enfermedad muy rara, que los médicos no saben cómo se puede curar. Dicen que mi cuerpo no tiene defensas. Cualquier virus que me ataque me puede hacer mucho daño. Tengo pulmonía en estos momentos. Y los antibióticos resultan ineficaces.
Yo no sabía qué decir. Me senté a su lado y acaricié su mejilla. Él cerraba y abría los ojos como si no pudiera mantenerlos abiertos mucho tiempo. Le costaba respirar, se lo notaba por el ruido que los pulmones emitían cada vez que inspiraba o expulsaba el aire. Yo, como cualquier persona hace en instantes similares a este, intenté consolarle y le dije:
Bueno, algo se podrá hacer. ¡Cómo que no hay solución! Los médicos a veces, para curarse en salud, te ponen las cosas difíciles, así luego no les puedes reclamar si se han equivocado en el diagnóstico. Estamos en el siglo XX, no en la Edad Media. Verás como al final encuentran la solución.
Abrió los ojos y me miró con cara de resignación. Debía de haber pensado ya muchas veces que todo se acababa. Y nadie mejor que el enfermo para saber cuándo se llega al final del camino. Como no decía nada, le pregunté:
¿Quieres que haga algo por ti? ¿Necesitas alguna cosa?
Sí, hay algo más. (Hizo una pausa para tomar aliento y continuó) Quiero que me digas lo que sientes por mí. No quiero morir sin saber cuáles son tus sentimientos.
La pregunta me sorprendió sobremanera. No me la esperaba y menos en aquellos momentos. ¿Qué debía decirle? ¿Que le quería? ¿Que estaba enamorada de él y que iba a sentir muchísimo que se marchara sin apenas haberle conocido? O sería mejor no decirle la verdad y engañarle diciéndole que le quería como a un buen amigo y que como tal le echaría de menos. Eran ya muchos los segundos que me mantenía en silencio sin responder por lo que él volvió a repetirme la pregunta.
María, ¿estás enamorada de mí?
Y yo, por ganar tiempo, le respondí con la misma pregunta:
Y tú, ¿me quieres?
Esbozó una sonrisa que le cambió el gesto del rostro hasta el punto de hacerme olvidar por un instante que estaba enfermo.
¡Cómo sois las mujeres! Estuvo en silencio unos segundos y después continuó. El día que entré a trabajar en “Las novedades” y te vi por primera vez, supe que eras la mujer de mi vida. Y supe que me casaría contigo y que tendríamos hijos, dos o tres por lo menos. Pero, como soy tan tímido, tardé mucho tiempo en decidirme. Y para cuando me decidí, ya me encontraba enfermo; aunque fue poco tiempo después de haber comenzado a salir contigo, cuando me enteré de que nunca se harían realidad mis deseos. Fui al médico especialista pues seguía sin encontrarme bien, me sentía muy cansado y el médico de cabecera no encontraba el motivo del cansancio. Me hicieron los primeros análisis y los resultados no fueron nada satisfactorios. Volvieron a repetírmelos unos días después y fue entonces cuando me dijeron que padecía una enfermedad extraña de la que no se sabía nada apenas. Fui consciente de la situación y a partir de ese momento me prometí no hacerte albergar ilusiones que nunca podrían llegar a ser realidad. Yo no quería tampoco ilusionarme. Y sufría, nadie sabe lo que sufría por dentro al no poder disfrutar de tu compañía todo lo que hubiera deseado.
Me estás diciendo que estás enamorado de mí.
Movió la cabeza como no dando crédito y, clavando sus ojos, ya sin chispa, en los míos, me dijo:
Estoy tan enamorado de ti como seguro de que me voy a morir pronto. Y de nadie más podría volver a estarlo aunque viviera cien años más.
No pude contener las lágrimas y me abracé a él, mientras le decía al oído de forma casi compulsiva: “te quiero, te quiero, te quiero…”
Se hizo el silencio de nuevo entre ellos. Luis tomó a María del hombro y la atrajo hacia así. Ella, cobijada entre sus brazos, se enjugó las lágrimas que habían vuelto a sus ojos con el recuerdo del viejo amor.
-¿Tardó mucho en morir? – preguntó Luis.
– Dos meses apenas. El día 28 de julio hará quince años que se fue. Ahora ya sabes por qué no me he casado. Para mí no hay hombre que pueda sustituir a Jaime.
– Creo que por hoy ya basta de emociones y de alcohol. Deberíamos marcharnos a casa. Pepe y Fede acaban de salir.
– Sí, vamos a rumiar nuestra soledad entre las cuatro paredes de muestra habitación.
Se despidieron de Gabi y salieron del bar agarrados del brazo camino de casa.
Fascículo 5º (La soledad del perdedor)

Aquella noche, cuando llegó María al bar de Moncho, Luis no había llegado aún. En cambio Pepe y Fede ya llevaban unos cuantos vinos en el cuerpo.
Buenas noches, dijo de forma que todos los presentes oyeron el saludo.
Buenas, respondieron casi a coro. Sólo Gabi, que se encontraba al fondo de la barra sirviendo a una pareja, le respondió un poco más tarde, justo cuando se acercó a servirle ella.
Buenas noches, María. Lo de siempre, supongo.
Hola, pequeño, le respondió cariñosa. Lo de siempre, claro.
¿Qué tal?
Bien, como siempre. Harta pero alegre al mismo tiempo.
Y ¿tú? ¿Qué tal los niños?
Bien, creciendo. Y sonreía al mismo tiempo que le servía la ginebra.
Dio media vuelta y siguió atendiendo al resto de la clientela, que era más numerosa que de costumbre. Por eso María se sentía un poco aislada por lo que decidió ir a charlar con Pepe y Fede.
Los conocía de hacía mucho tiempo y tenía buena relación con ellos aunque fueran un poco mayores que ella. Pero le gustaban porque eran auténticos, como le gustaba decir. Pepe, un limpiabotas honrado, sencillo, legal… un buen tipo. Y Fede, el silicótico, tenía un carácter un poco fuerte, quizá producto de la dureza con que la vida le había tratado o por el tipo de trabajo que había desarrollado. Pero también era muy noble y muy solidario con los amigos.
A Pepe le faltaba la pierna izquierda. Durante la guerra le hirieron y no curó bien la herida por lo que tuvieron que cortársela. Como no podía desarrollar un trabajo, diríamos que normal, decidió ser limpiabotas. De haber luchado en el bando nacional, tendría derecho a una pensión por mutilado de guerra pero como luchó en el bando equivocado….. No era mucho lo que sacaba cada día pero le daba para tomarse sus vinos, comprar un paquete de tabaco y comer un plato caliente al menos. No cobraba por limpiar los zapatos, solo pedía la voluntad. Decía que sacaba más así. “Que la gente rica es muy rara. Si les pones un precio, te regatean; en cambio, si les pides la voluntad, como están acostumbrados a dar limosna, ganas más”. Se desenvolvía bien, llevaba una muleta, en forma de “T” que sujetaba bajo el brazo y que le había fabricado un ebanista amigo. Alguna vez su amigo Fede le había propuesto adquirir una pierna ortopédica, él estaba dispuesto a ayudarle pero era demasiado cara. Vivía en un sótano, que antes había sido una carbonera y que tenía una gran humedad y en la que no había agua corriente, pero a él le parecía suficiente para vivir dignamente. No le pedía demasiado a la vida. Se había desengañado hacía tiempo en cuanto al tema del amor. ¿Quién iba a querer casarse con un cojo como él? Ya tenía cumplidos los cincuenta y estaba demasiado acostumbrado a arreglárselas solo. Bien es verdad que había “una chica” de una edad similar, que limpiaba la casa de unos señores y que cuando se veían se saludaban atentamente, incluso habían tomado algo juntos alguna vez, pero nada más. A veces se decían que a los dos les vendría bien unir sus fuerzas, al menos se harían compañía… pero no se atrevían a dar el paso.
Fede, era su amigo del alma. No se separaban más que para ir cada uno a sus quehaceres. Fede trabajaba en una carpintería, bueno en una fábrica de muebles, le gustaba decir a él, aunque lo que fabricaban era más bien poca cosa. Armarios y mesas de cocina fundamentalmente.
Fede había sido minero. Hasta que enfermó de silicosis bajaba a la mina todos los días. Un día en que tocaba revisión, el médico le dijo que se había acabado lo de bajar a la mina más. Tenía los pulmones deshechos. Fede le contestó que de eso nada, que aún no había cumplido los cuarenta y que seguiría trabajando en la mina. Pero al final la opinión del médico fue la que prevaleció y no le quedó más remedio que jubilarse. Fue entonces cuando decidió mudarse. Abandonar el pueblo donde había vivido siempre y trasladarse a la capital. Su madre no quería al principio. Pero no le quedó más remedio que hacer caso a su hijo si quería seguir viviendo con él. Una vez en la ciudad, no le resultó difícil encontrar un trabajillo con el que sacarse un sobresueldo (pues disfrutaba de una pensión muy decente y con la que su madre y él podían vivir con desahogo y hasta ayudaba a su amigo Pepe, si le hacía falta) trabajando con Miguel en la fábrica de muebles. Era de carácter difícil, se enfadaba en seguida. Pero de gran corazón. Su madre vivía con él porque sus tres hermanos (dos chicas y un chico) se habían casado y tenían hijos. Y además la madre prefería vivir con su hijo preferido, que era Fede.
María tomó su ginebra y se acercó hasta donde se hallaban ellos. La recibieron con una sonrisa. Los dos se reían siempre de una forma entre picarona y tímida. Como si estuvieran a la defensiva, como si no se sintieran seguros ante una mujer, pero al mismo tiempo alegrándose de tenerla cerca. María solía decir que era porque al no haberse casado (y no conocérseles mujer) se ponían nerviosos si se les acercaba alguna hembra. Fede incluso se ponía algo colorado. Claro que si se le decías algo, siempre respondía que era por el vino bebido. La sonrisa de Pepe parecía más bien una mueca dentro de la seriedad que le caracterizaba. Los dos tenían poco pelo que peinaban hacia atrás siguiendo la moda de sus años mozos.
Pepe era más atrevido, porque como decía él, ligar a su edad era poco menos que imposible para un tipo normal, así que para un cojo… Como no iba a lograr el éxito, no le tenía miedo a la situación. Por eso comenzó él la conversación:
¿Qué tal, María? ¿Hoy no va a venir el amigo Luis?
Pues no lo sé. Me llamó y me dijo que a lo mejor se retrasaba, que tenía que hacer un trabajo.
¿Pero a qué hora sale de trabajar?, terció Fede.
No, si ya ha salido de su trabajo. Lo que sucede es que un compañero le ha propuesto ganarse un dinero extra haciendo no sé qué. Ya sabéis que no anda muy allá en cuanto al dinero, además es un desastre, se lo gasta todo. Hace unos días se ha comprado una guitarra. Ya no sabe ni las que tiene.
¿No me digas que Luis es músico?, preguntó Pepe.
Ah, ¿no lo sabíais?
Sabemos poco de la vida de Luis. Le conocemos de verle por aquí, nada más.
Pues mira, os voy a contar algo de su vida.
Y colocándose entre ellos dos y tan feliz de tener con quien hablar sin que la interrumpieran, dijo:
Luis nació en Madrid y estudió música en el conservatorio. Aprendió a tocar la guitarra clásica pero eran los años sesenta y la fiebre de la música rock invadía la mente de todo joven con inquietudes musicales, por lo que decidió formar parte de un grupo de música ligera, como también se decía entonces, y, sin que sus padres se enteraran, se fue unos días al mercado de abastos a descargar camiones de fruta y sacar el dinero necesario para comprarse una guitarra eléctrica y un amplificador. Por su puesto la guitarra española la abandonó debajo de la cama de su habitación.
Sus padres no se enteraron al principio porque guardó los instrumentos en el local de ensayo que habían alquilado. Pero pronto comenzaron a ver la transformación que se iba produciendo en el hijo. Sin darse cuenta casi, un día se sorprendieron de lo largo que tenía Luisito el pelo; otro día a la madre casi le da un síncope al verle con unos pantalones campana, tan anchos que le ocultaban los zapatos, y asidos a la cintura por un cinturón de cuero que le podría servir de ayuda en caso de tener que sujetar a alguna caballería. La camisa era de flores y llevaba un pañuelo alrededor del cuello. Vamos, un cromo hecho y derecho.
Los dos reían tratando de imaginar a Luisito vestido de rockero.
Aquella noche, nadie cenó a gusto en aquella casa. Los padres pusieron el grito en el cielo y el padre, que por algo era el que mandaba, le ordenó que se volviera a vestir como una persona decente, o de lo contrario mejor sería que abandonara la casa paterna.
(Fascículo 6º)
Luis no había ahorrado el dinero suficiente para poder vivir sin trabajar así que tuvo que buscar trabajo. Por aquel entonces, no le fue difícil encontrar uno. No era muy agradable pero al menos le sirvió para salir del paso. Además él consideraba que sería para poco tiempo. Tenía muchas ideas en la cabeza, pensaba formar un grupo de la ostia, de los de toda la vida, tipo los Rolling. Trabajar en una empresa de mudanzas, o sea, cargar y descargar muebles no era un trabajo digno de un guitarrista de su nivel. Pero fueron pasando los meses primero, después los años y, cumplidos ya los 40, seguía subiendo y bajando armarios y otros enseres de piso a piso. Pero no quedaba más remedio.
Aquella tarde, un compañero de trabajo, que se llamaba Paquito, más joven que él, pero también más lanzado y atrevido a la hora de comerse la vida a bocados, aunque conllevara un cierto peligro, le propuso realizar un trabajo.
– Oye, Luis, ¿qué te parece si te vienes conmigo y me acompañas que tengo que realizar un trabajillo? Ganaríamos un dinero extra que no nos vendría nada mal, por lo menos a mí.
– Y ¿en qué consistiría ese “trabajillo”?
– Pues sería algo fácil de hacer y que a ti no te compromete. Tengo que ir a buscar a dos chicas a Albacete y traerlas a Madrid. Son dos amigas que no tienen dinero para sacar un billete y yo me he ofrecido gustosamente.
A Luis aquello le sonó a raro. Por lo que le propuso que les enviara el dinero que necesitaran y resultaría más fácil. No habría que desplazarse hasta Albacete, además qué coño se le había perdido a él en esa ciudad manchega, si no pensaba comprar ni vino ni queso manchego.
– Bueno… verás… es que no son dos chicas. (No sabía cómo decírselo pero al final no le quedó más remedio que hacerlo.) Son varias sacas de tabaco de contrabando.
– ¡Pero tú estás loco! ¡Cómo se te ocurre pedirme algo así? Una cosa es que esté necesitado de dinero y otra que me quiera comer unos cuantos años en el talego.
– Te juro que no hay el más mínimo peligro. Nosotros vamos a Albacete y en un bar que yo conozco ya (porque ya he hecho más veces este trabajo) están los individuos que me entregarán la mercancía.
– Pero es que… Luis no sabía qué disculpa poner para no acompañarle pero al mismo tiempo le resonaba en la mente la frase “ganaríamos un dinero extra” y a él le vendría de maravillas un dinero extra. Acertó a poner como excusa que había quedado con María en tomar una copa aquella noche.
-¿Pero qué problema hay en ello?, dijo Paquito. Llámala ahora mismo y le dices que no podrás ir esta noche o que llegarás tarde si acaso, aunque ya te digo que no vas a poder ir porque si salimos de aquí a las ocho camino de la ciudad manchega no volvemos hasta más de las dos de la madrugada.
– Vale, de acuerdo. Te acompañaré. Pero que quede bien claro que yo no sé nada si nos detiene la policía y que voy engañado por ti, que me has dicho de ir a comprar vino.
– Sin problemas, amigo. Tú no sabes nada, eres un “pringao” que ha caído en mis redes y que eres más inocente que el toro en la fiesta.
Luis decidió llamar a María para decirle que llegaría tarde esa noche, que tenía que hacer un trabajillo por ayudar a un compañero de trabajo. Quedaron que, si no llegaba esa noche, se verían al día siguiente en el mismo sitio.
Eran las ocho y media cuando salían hacia Albacete en el coche de Paquito. Sabía que le gustaba demasiado la velocidad (muchas habían sido las veces que, adolescente aún, había sido detenido por robar algún coche o alguna moto) por lo que le pidió encarecidamente que condujera con cuidado y no corriera no fuera a ser que les detuviera la policía.
-Tranqui, tío. Te veo nervioso y bastante acojonao y aún no hemos salido como quien dice. Todo va a salir bien, que no es la primera vez que hago esto. Y que conste que lo hago por ayudarte que sé que andas canino.
– ¡Ya, lo haces por ayudarme! ¡Qué gracioso! Permíteme que me carcajee, no te jode. Lo haces porque me necesitas, que si no, de qué me ibas a dar un dinero a ganar…
– ¡Qué mal pensao eres! ¿Es que no sabes que te aprecio un montón y que ya te lo he demostrao más de una vez?
– Mira, Paquito, déjate de historias. Tú no quieres a nadie salvo a ti mismo; y poco, porque si supieras que lo que haces te puede causar daño, seguramente no lo harías. Eres un pobre diablo, como los demás, que sirve a alguien al que estás amarrado y del que no sabes o, mejor dicho, no puedes soltarte.
Paquito le miraba de reojo sin entender muy bien lo que le quería decir su compañero. Así que le preguntó:
¿Cómo que estoy atao a alguien? ¿Qué quieres decir con eso?
Pues muy sencillo, amigo. Que lo que haces no lo haces por iniciativa propia sino porque alguien te lo manda, así de fácil. No te veo a ti con la inteligencia ni el valor necesario (a pesar de que parece que te vas a comer el mundo y a dios por las patas cuando te pones a vociferar) para realizar este trabajo por tu cuenta. A ver, ¿tengo o no tengo razón?
Se le quedó mirando un segundo antes de volver la vista hacia la carretera y le contestó:
Sí, es cierto. Lo hago porque me lo ha encargao un colega. ¿Qué pasa? Pero que conste que soy capaz de hacerlo yo solo si quiero.
Sí, vale. No vamos a discutir por eso ahora, que tenemos que estar tranquilos para realizar el encargo perfectamente.
Durante un buen trecho del camino fueron en silencio. Luis aprovechó para dormitar un poco. Mientras lo hacía veía a sus amigos María, Pepe y Fede tomando sus vinitos y ginebra respectiva tan ricamente en el bar de Moncho. Y se arrepintió de haber aceptado “ayudar” a Paquito. Pero como ya no había remedio….
Vamos despierta, que estamos llegando. Vaya un compañero que me he agenciao, macho. Pareces una marmota, te duermes como un tronco. He estao a punto de despertarte para darte una pastilla para dormir por si te hacía falta… Y se reía a mandíbula batiente, por lo que consideraba una broma extraordinariamente ingeniosa.
Luis, al que no le hizo excesiva gracia lo de las pastillas, contestó con ironía:
¡Madre mía, qué gracioso te has vuelto de repente!
No te enfades, dijo risueño Paquito. Mira ya hemos llegado. Y en hora. Son 250 kms aproximadamente y hemos tardado dos horas, y sin correr.
Si tú lo dices…. Contestó Luis con desgana. Anda mira a ver si acabamos pronto con “el trabajillo” y nos volvemos a Madrid que tengo cosas que hacer.
Entraron en el bar. Primero Paquito seguido de Luis. Se fue directamente a un individuo, de abundante pelo negro y con perilla, que se encontraba sentado en una mesa al lado de la barra con una copa de güisqui y el periódico local. Se saludaron y Paquito se sentó frente a él. Luis permaneció de pie hasta que le dijeron que se sentara. Todo fue bastante rápido. Paquito le dio el dinero que ya habían pactado de antemano y el individuo de la perilla le dijo que colocara el coche en la puerta trasera por donde le darían las sacas de tabaco. Se dieron la mano y ambos dos salieron del local. Ya estaban unos jóvenes de no más de veinte años preparados para introducir el tabaco en el vehículo. Cuando terminaron se volvieron para adentro sin decir ni adiós.
Vámonos, dijo Paquito, que aquí ya no hacemos nada.
Luis no contestó. Se limitó a subir al coche.
¿Qué, tienes miedo aún o ya se te ha pasado? ¿Ves como no era tan peligroso el trabajillo?
Lo que no entiendo aún es para qué me has traído a mí, si realmente no te hago falta. O es que necesitabas “animal de compañía”.
¡Vaya! Ahora el que se ha puesto gracioso has sido tú. Me haces falta a partir de ahora, en cuanto lleguemos a Madrid porque tengo que repartir y ahí es donde tú eres fundamental. Yo solo no podría hacerlo de forma rápida. “Animal de compañía”…. Repetía y se reía mientras arrancaba el coche y tomaba dirección a Madrid.
Deberíamos parar a tomar algo, yo tengo hambre, dijo Luis.
Sí, son poco más de las once, ahora en la próxima gasolinera paramos a repostar y comemos algo, que nos lo hemos ganado.
Y por cierto, no me has dicho cuánto es lo que voy a ganar.
Tranquilo, que serás recompensado como te mereces. No habrás ganado nunca un dinero que menos esfuerzo te haya supuesto.
De eso estoy seguro, dijo lacónicamente.
Pocos kilómetros después vieron una gasolinera y al lado un restaurante. Había algunos camiones aparcados, lo que indicaba, que allí se comía bien.
Salieron de la autopista y tomaron la carretera de acceso. Llenaron el depósito y se fueron a cenar. Lo hicieron con apetito, eran ya muchas horas las que llevaban sin comer ni beber nada. Paquito pagó la cuenta y se dispusieron a reanudar el camino. Luis le dijo que iba al baño, que fuera arrancando.
Pero cuando salió del baño dispuesto a montar en el coche, comprobó con pavor que la policía estaba con Paquito. Uno revisaba los papeles del coche mientras el otro estaba abriendo la puerta del maletero y, por tanto, a punto de descubrir el alijo de tabaco de contrabando.

Fascículo 7º La soledad del perdedor
María continuó después de que Fede pidiera otra ronda. Estaban tan encantados con lo que les estaba contando, que no tenían prisa por irse a casa. Ella continuó:
Luis, al oír a su padre, dio media vuelta y se marchó de casa. Tenía decidido que quería ser un guitarrista de rock y no de música clásica. Dio un portazo y salió a la calle. Su padre pensó que pronto estaría de vuelta. No tenía con qué vivir y además no se había llevado ni la ropa.
Pero no contaba con el orgullo que había heredado su hijo. Creía que solo él podía ser orgulloso. Ahora que se había ido de casa, ya no podía volver. Sería admitir la derrota y eso ¡nunca!
Los primeros días deambuló por la calle hasta que llegaba la hora de ir a descargar algún camión donde sacar el dinero para comer. Durmió lo poco que podía en el local de ensayo, en donde había un sofá que no era del todo incómodo. Pero, como había que ensayar, en cuanto llegaban los colegas, tenía que levantarse.
Pero no podía seguir viviendo en el local de por vida. Debía alquilar una habitación. Y así lo hizo. El bajista con el que habían empezado decidió mudarse de ciudad, así que le reemplazó otro chico que venía de provincias. Luis vio el momento oportuno para alquilar un piso entre los dos. Y no tardaron en encontrarlo. Compraron el periódico y vieron un anuncio que decía que se alquilaba piso en el barrio de Prosperidad. Fueron a verlo y les gustó. Entre los dos podrían sufragar los gastos.
A partir de aquel día, Luis comenzó una nueva vida: ¡por fin libre! No tenía que dar explicaciones a nadie. Vivía de su dinero, no necesitaba que sus padres le dieran para vivir. Ya apenas iba por casa y, si alguna vez se desplazaba al barrio, era por que su madre no sufriera y de paso para que dejara de darle la chapa por teléfono, con que “hijo, que no vienes a verme, que ¿cuándo vas a venir?, que te echo mucho de menos……” Ya sabéis vosotros lo que es una madre, dijo María dirigiéndose a Pepe y Fede. Este estuvo de acuerdo, “son madres, por eso son un poco plastas”. Pepe, como hacía tanto tiempo que se le había muerto, añadió: “yo ya no me acuerdo cómo es una madre. Era tan niño cuando ella murió. Ahora bien, cuanto mayor soy, más la echo de menos. ¡Cómo me gustaría tenerla a mi lado!”
Se hizo un silencio, que aprovecharon para pedir otra ronda. Ahora fue Pepe el que invitó. Después de que Gabi les sirviera, María continuó:
– Pasados unos meses, el grupo comenzó a funcionar. No eran muy conocidos, pero les contrataban para amenizar las fiestas de los pueblos de alrededor de Madrid, incluso alguna vez tocaron en la capital, en algunas fiestas de barrio, con grupos de cierto nombre como “Barricada”, “Barón Rojo” y otros. Se llevaban bien entre ellos y el cantante tenía gancho. En seguida conectaba con el público. Además sonaban muy bien. Se podía decir que eran unos buenos profesionales. Cuidaban mucho la imagen. Como era preceptivo, todos lucían unas hermosas melenas, con sus inseparables pantalones vaqueros de pata ancha, sus camisas de flores y chupas de cuero, para cuando llegaba el invierno. Pero la profesión no solo exigía vestir de cierta forma, también había que cumplir con algún otro requisito, casi imprescindible, como era el coqueteo con las drogas. De los cinco integrantes del grupo, el cantante era el que más riesgo corrió pues llegó a probar alguna droga, de las llamadas duras. El resto se conformaba con fumar un porrito y tomarse un güisqui para “ponerse a tono” y subir al escenario con mejor ánimo. Salían casi siempre juntos, aunque no tuvieran que tocar, eso hizo que el grupo se mantuviera en candelero el tiempo suficiente como para que sus integrantes se hiciesen mayores y siguieran metidos en el mundillo de la música.
Un día que estaban tocando en el rockódromo de la Casa de Campo, Luis conoció a una joven durante uno de los descansos. Estaba acodado en la barra, como hacía casi siempre, con su cervecita en la mano, rodeado de gente por todos los lados, cuando se le acercó una muchacha alta y de pelo negro, que le dijo que si podía pedirle una cerveza, pues a ella le resultaba muy difícil que el camarero la oyera.
Cómo, no. Ahora mismo. Tus caprichos son órdenes para mí, dijo Luis sonriente.
Ella le miró y se echó a reír. No le había reconocido. Él pidió al camarero la cerveza que de inmediato se la puso, pues él sí sabía quién era. Cuando la tuvo entre las manos, se dio la vuelta y le dijo:
Señorita, su cerveza. Y la depositó suavemente sobre la mano, mientras le decía: ¿Te parece que vayamos lejos de aquí y nos tomemos tranquilamente nuestra cerveza?
Ella se quedó sorprendida al mismo tiempo que con la lengua se limpiaba el labio superior impregnado de la espuma de la cerveza.
Perdona, seguro que está alguien esperándote. Quizá no he debido decirlo…
Ella no sabía ni qué contestar. Efectivamente le estaban esperando unas amigas pero eso no era obstáculo para que se tomara la cerveza en compañía de aquel joven que tenía cara de buena gente.
No, no me está esperando nadie…. Bueno, sí, me esperan unas amigas pero hasta que no empiece la música a sonar no hay prisa.
Vamos, entonces.
Se alejaron de la barra y se sentaron no lejos del escenario (donde quiso Luis, no faltaba mucho para tener que subir de nuevo a tocar) con sus respectivas cervezas.
Bueno, comenzó Luis a hablar, me llamo Luis y ¿tú?
Mi nombre es Pilar.
Encantado y le dio dos besos.
A ella le resultó sorprendente y al mismo tiempo agradable aquella confianza con que la trataba, parecía que la conociera de toda la vida.
¿A qué te dedicas? – continuó él – si no es molestia.
Estudio medicina en la Complutense.
Enhorabuena por la elección. Creo que la de médico es una de las profesiones más maravillosas que se puede tener.
Y ¿tú? – le preguntó ella.
En ese momento es cuando Luis se dio cuenta de que la joven de ojos negros, nariz pequeñita, labios ligeramente carnosos y pelo negro suavemente ondulado, no se había venido con él a tomar la cerveza por ser el guitarrista del grupo sino por. ¿Por qué – pensó – se ha venido conmigo si no me conoce?
Pues yo soy músico. Bueno, toco la guitarra en un grupo.
Fue en ese mismo instante cuando ella miró hacia el escenario para rápidamente volver a mirarlo a él y decir con la boca tan abierta como si las palabras solo se compusieran de “aes”:
¡Eres el guitarrista del grupo que está tocando hoy aquí!
Más de uno de los jóvenes que se encontraba a su lado volvió la vista hacia él, pues gritó más que habló.
Pero ¡cómo no te he conocido antes!
Será, como dice la canción de los Secretos, “que me vuelvo normal al bajarme de cada escenario”.
Y reía y reía sin articular palabra. No sabía por qué pero aquel tipo le caía bien. Desde el principio desde que le vio apoyado en la barra y le solicitó ayuda. Aunque quien vino en su ayuda ahora fue el cantante del grupo que llamaba al resto de los componentes porque era hora de reanudar la sesión.
Me tengo que ir. Me reclaman los compañeros. Me gustaría volver a verte. Si esperas nos vemos cuando esto acabe. Y si no, toma (y le entregaba una tarjeta del grupo donde estaba el teléfono al que poder llamarle), ahí va mi número de teléfono, llámame si te apetece.
Ella guardó entre sus dedos la tarjeta y le dio dos besos de despedida.
¡Uff! ¡ ¡Qué reseco, chicos! Gabi ponnos algo, anda, que estos no dejan de hablar y tenemos el gaznate seco.
Los tres reían felices a pesar de que echaban de menos a Luis.
Menuda vida se habrá tirao el Luis con eso de la música, dijo Pepe.
No creas, respondió María. Que no es oro todo lo que reluce en el mundo del espectáculo. Bueno, prosigo, que diría un eminente catedrático:
Pasados unos días, (aquella noche no la volvió a ver) recibió una llamada de Pilar. Estaban ensayando cuando sonó el teléfono.
Sí… Diga…Sí soy Luis… Hombre, Pilar, qué sorpresa tan agradable. ¿Cómo estás?… Me alegro… Yo bien también… Cuando quieras… A eso de las ocho en el “Parna”… De acuerdo… Hasta luego, entonces.
El cantante le alborotaba el cabello, al mismo tiempo que decía a voz en grito: “eh, colegas que Luis ha pillao”. Él sonrió simplemente y dijo: “vamos, déjate de bobadas y sigamos ensayando”.
A la hora convenida estaba en el pub. No había mucha gente aún. Pidió una cerveza y poco tiempo después llegó Pilar. Venía espléndida. El pelo peinado hacia atrás y recogido en una coleta que le realzaba el rostro y hacía que sobresalieran aun más sus ojos negros. Vestía pantalón vaquero con zapato de tacón no muy alto (era lo suficientemente alta como para no tener que necesitar ayudas) y una blusa blanca, que contrastaba con la tez de su cara morena. Se saludaron con dos besos como ya era empezaba a ser costumbre entre ellos y se sentaron.
Hablaron de todo y de nada, pues mientras de sus bocas salían palabras, solo acertaban a mirarse intensamente a los ojos y a pensar: “pero qué me está pasando si este tío/ si esta tía me tiene obnubilado, si no me entero de lo que me dice, si solo estoy pendiente de sus labios y de sus ojos y si no presto atención a lo que habla, si lo que quiero es besar esos labios carnosos y…..” Y casi sin querer y sin pedirse permiso se besaron tan apasionadamente como solo hacen los enamorados de verdad: ¡hasta perder el sentido!
Aquella noche nació el amor entre ellos. Amor que sería para toda la vida. O eso pensaban ellos entonces.
Fascículo 8º

Mientras Luis seguía encerrado en el cuarto de baño de aquel restaurante de carretera, sin atreverse a salir, por miedo a que la policía le detuviera y temiendo que su amigo Paquito le denunciara, María seguía contándoles a los amigos Pepe y Fede las peripecias vitales del amigo ausente.
Fueron pasando los meses y ambos se sentían tremendamente felices. Pilar acompañaba a Luis a todos los lugares donde tuviera que actuar y siempre se les veía agarrados de la mano, en actitud cariñosa, sonrientes… En una palabra, ¡felices!
Tuvieron que ir a Toledo a tocar por las fiestas del Corpus. Casi siempre viajaban todos los componentes del grupo en una furgoneta. Pero desde que habían empezado a salir, a Luis y a Pilar les gustaba más ir solos en el coche de él. Se sentían más libres para hacer y decirse lo que quisieran sin sentirse cohibidos por la presencia de los demás. Después de la actuación salieron hacia Madrid. Era ya muy tarde, más de las tres de la madrugada. Iban tranquilos y felices. El concierto había sido un éxito, la gente les había aplaudido muchísimo. Luis no iba a mucha velocidad, ni había bebido demasiado, solo una cerveza en el descanso. Vio perfectamente las luces del coche que venía de frente en dirección contraria. Tuvo la precaución de tomar la curva con cuidado… pero el otro vehículo, (¿por qué, cielo santo, por qué?) se le echó encima y no pudo esquivarlo. ¡El impacto fue brutal! El coche salió despedido más de cincuenta metros. Luis perdió el conocimiento momentáneamente. Cuando lo recuperó, sin tener muy claro dónde se encontraba, pues había perdido la noción del espacio, llamó a gritos a Pilar. Pero esta no le contestó. Movió su brazo derecho y logró tocar su cuerpo. Volvió a llamarla y fue entonces cuando ella le respondió emitiendo un sonido gutural muy débil.
¿Estás bien? – preguntó él.
Pero no obtuvo respuesta inmediata. Iba a preguntarle de nuevo cuando le pareció entender que Pilar se quejaba de dolor.
Tranquila, pronto vendrán a sacarnos de aquí. ¡Aguanta! – gritaba con desesperación.
Y efectivamente, pocos segundos después, comenzó a oír voces de gente que daba vueltas alrededor del coche sin saber muy bien qué hacer ni por dónde empezar. No recordaba nada más pues poco a poco fue perdiendo el conocimiento de nuevo.
Cuando lo recobró, habían pasado más de doce horas. Miró alrededor y comprendió que se encontraba en el hospital ya que estaba rodeado de maquinitas y lleno de tubos por todos los poros de su cuerpo. A su lado se encontraban sus padres. Al verle abrir los ojos, dieron un suspiro de alivio y la madre pronunció una jaculatoria: “alabado sea Dios”, por fin ha vuelto en sí”. El padre se acercó y le habló al oído:
¿Cómo te encuentras, hijo?
Bien, respondió con bastante esfuerzo. Para de inmediato preguntar: ¿Dónde está Pilar?
Está en la UCI, dijo la madre. Tiene un fuerte golpe en la cabeza. Está más grave que tú, pero esperamos que se recupere pronto.
Y ¿los ocupantes del otro coche? Fueron ellos los que invadieron nuestro carril, yo iba correctamente por el mío, ellos son los culpables.
No te preocupes ahora de quién es el culpable. Lo importante es que estás bien y que, salvo la rotura del fémur y algunas costillas, en el resto del cuerpo solo tienes fuertes contusiones.
Durante unos minutos Luis no hacía más que lamentarse de la mala suerte que habían tenido, de los contratos que iban a perder por su culpa, de la pobre Pilar…..
Durante muchos días le ocultaron la verdad. Pero llegó un momento en que ya no pudieron esconder por más tiempo la trágica muerte de Pilar. Ella no llegó a ingresar en el hospital. El médico de la ambulancia que los auxilió, solo pudo certificar su muerte por fuerte traumatismo en región occipital.
La muerte de Pilar fue un golpe muy duro para sus padres, pero también para los amigos. No faltaron a su entierro ni los compañeros de facultad ni por supuesto los compañeros del grupo de Luis. Este, cuando se enteró de lo sucedido, lloró durante varios días sin emitir una sola palabra. Nada de lo que le decían podía consolarlo; no escuchaba si le hablaban, solo pensaba en su amada. A veces creía que todo era un mal sueño y que cuando saliera del hospital iba a volver a verla. Apenas comía y eso hacía que no mejorara con la rapidez que debía. No hacía más que darle vueltas al accidente. No se le iba de la mente la imagen de la luz de los dos faros del coche que venía en dirección contraria. Todo lo que recordaba era como un fogonazo y una fuerte opresión en el pecho. Y esta imagen se le repetía una y otra vez sin descanso. Para luego mirar a su derecha y ver el cuerpo de Pilar hecho un ovillo.
La tristeza había invadido su ánimo de manera total. Los componentes del grupo venían con frecuencia a verlo y trataban de animarlo contándole cómo les iba con los conciertos; que si el nuevo guitarrista era peor que él, que le echaban de menos, que le habían ingresado su parte en la cuenta del banco, que Pedro, el batería, se había comprado una “Ludwig”, como la de los Beatles, que… Pero nada le animaba. A lo más, esbozaba una sonrisa impregnada de una gran tristeza.
Un mes después de ingresar en el hospital, fue dado de alta. Las secuelas que le quedaban del accidente eran la escayola que aún portaba en el fémur y alguna que otra cicatriz en rostro y brazos. Aunque la herida abierta que llevaba en el alma, esa iba a ser más difícil de que cicatrizara
Todos temían este momento. Mientras su mundo se reducía a la habitación del hospital, era fácilmente controlable emocionalmente; lo malo sería volver a casa, contemplar todos aquellos objetos, prendas o regalos que le recordaban a Pilar. ¿Cómo iba a reaccionar cuando reviviera aquellos momentos felices del pasado con ella?
Para evitarle en lo posible ese encuentro, la madre le dijo que, si no le parecía mal, y para poder cuidarlo mejor, lo llevaban a la casa paterna en vez de a su piso. Él al principio puso alguna objeción pero al final aceptó pues se daba cuenta de que era lo mejor para su total recuperación. Además, ¿quién iba a cuidarlo en su casa? ¡Quién mejor que una madre para tal cometido!
Pues sí, dijeron casi al unísono, Pepe y Fede.
Tardó muchos meses en recuperarse emocionalmente. Es más, creo que aún le queda alguna secuela del golpe. La prueba es que, al igual que yo, tampoco se ha casado.
Vaya, vaya, dijo Pepe. Nunca imaginé que Luis hubiera sufrido tan duramente a lo largo de su vida.
Amigos, creo que fue García Márquez el que dijo que la vida de cualquier persona puede ser perfectamente materia de una gran novela. Y la de todos nosotros bien podría servir para ello. Bueno, son casi las dos y este no viene, yo creo que deberíamos ir pensando en marcharnos a casa.
Tienes razón, añadió Fede. Vámonos.
Se estaban levantando de sus asientos, cuando Luis apareció por la puerta del bar.
Hombre, ya nos íbamos, pensábamos que ya no vendrías, dijo María.
Hola, dijo con voz apenas audible. No os vayáis. Necesito tomar una cerveza bien fría.
Gabi, que se había acercado al verle, ya estaba abriendo la nevera y sacando la cerveza que le sirvió en una copa también fría.
¿Qué te pasa? – volvió a preguntar María.
¡¡¡¡Buff!!!! Estoy metido en un lío.
¿Qué lío?
No sé por dónde empezar. Pero como es lógico, comenzó por el principio, o sea, desde que Paquito le pidió que le ayudara con el trabajillo hasta que vio cómo la policía revisaba la documentación y el maletero del coche.
Cuando acabó el relato, le preguntó Pepe:
Y ¿cómo has llegado hasta aquí?
He tenido mucha suerte. Estoy aquí de casualidad, porque el destino así lo ha querido. Mientras me encontraba encerrado en el baño de caballeros, acojonao y cagao de miedo…
Por eso estabas en el baño, claro, dijo riendo Pepe, aunque enseguida recuperó la seriedad que el momento requería.
Luis continuó:
Como iba diciendo, cagao de miedo a que Paquito me denunciara a la policía, entraron dos hombres al servicio. Desde dentro les oí decir que debían darse prisa pues no iban a llegar a tiempo a mercamadrid. En ese instante me armé de valor y salí y les pedí por favor que me trajeran a Madrid ya que venía haciendo autostop y el último señor que me había recogido en la carretera se quedaba a dormir allí, en aquella gasolinera. Se miraron mientras se lavaban las manos y uno le preguntó al otro. “¿Le llevas tú o prefieres que venga conmigo? A mí me da igual. Pues vale, que venga conmigo, dijo el que primero había hablado”.
Salimos los tres del restaurante como si formáramos una cuadrilla de compañeros de trabajo. Yo procuré colocarme en medio de los dos para que no me viera la poli. Miré de reojo y Paquito y su coche ya no se encontraban en el lugar donde antes lo habíamos aparcado. Deduje que se lo habían llevado a la comisaría más cercana o al cuartel de la guardia civil. Algo más tranquilo por ello, monté en el camión que me asignaron los nuevos amigos que el destino había colocado a mi alcance para rescatarme de las garras de la poli.
¿Qué vas a hacer ahora? – dijo María.
No lo tengo muy claro pero creo que esta noche no debería ir a dormir a mi casa y mañana tendría que ir a trabajar como si tal cosa. Si Paquito me ha denunciado, mi casa estará vigilada, por tanto necesito que me deis cobijo por esta noche.
Yo no tengo sitio, dijo Pepe. Ya sabes que mi casa es muy pequeña.
Yo vivo con mi madre y por nada del mundo le daría el disgusto de que mañana llegara la poli a buscarte.
Claro…. claro….
Ven a mi casa, anda, que pareces bobo. Allí no creo que te busque la poli.
De acuerdo. ¡Qué haría yo sin ti!
Anda este con lo que me sale ahora. Vamos a dormir un poco que es muy tarde, mañana vas a trabajar como corresponde y luego veremos qué hacemos. Por la noche, chicos, nos volvemos a ver aquí. ¿Entendido?
Entendido, respondieron a la vez Pepe y Fede.
Fascículo 9º

Ambos caminaban abrazados hacia la casa de María. A Luis le hacía temblar la idea de dormir en casa de su amiga. Temía por un lado que la policía, conocedora de su amistad, estuviera vigilando su casa, y por otro tenía miedo de encontrarse a solas con ella entre cuatro paredes. La amistad que les unía, con el tiempo, se había convertido en algo más y aunque ninguno de los dos había tomado la iniciativa, en el fondo ambos sabían que, si las circunstancias lo propiciaban, el encuentro era inevitable.
Cuando llegaron a casa, (Luis observó los alrededores pero no vio nada que le hiciera sospechar que la vigilaban) María le ofreció algo de comer. Él respondió que había cenado en el restaurante de carretera donde habían detenido a Paquito; además los nervios no le permitían meter nada en el estómago. Si acaso una cerveza, que seguía con la garganta reseca.
Mientras él bebía sentado en el sofá del salón, María fue a su dormitorio a cambiarse para estar más cómoda. Cuando regresó con el camisón puesto y dispuesta para irse a la cama, Luis la miró de soslayo. Estaba guapa con aquel camisón de color azul tenue y que dejaba entrever su ropa interior. Ella le dijo que cuando quisiera le enseñaba el cuarto donde pasaría la noche. Él asintió sin apenas articular sonido, seguía con el nudo en la garganta, pero ya no por el miedo a la policía sino por el pavor que le producía solo pensar que a su lado se encontraba su amiga María en camisón.
La situación era nueva para los dos y por tanto no sabían bien cómo debían comportarse. No era lo mismo tomar una copa en el bar de Moncho, que estar sentados ahora, uno al lado del otro y ¡solos! Además, ambos eran conscientes de la desazón que anidaba en el alma del otro, producto de la soledad con que se acostaban cada noche. Y ambos sabían también que estaban necesitados, si no de amor, al menos sí de cariño. Tenían mucho que dar pero también necesitaban recibir.
María se estiraba el camisón de vez en cuando, con la intención de que no se le vieran las piernas. A Luis le costaba horrores no dirigir su mirada hacia los lugares del cuerpo de María que mejor se insinuaban tras el escondite de la tela fina del camisón. ¡Y nada es más sugerente que la insinuación!
Estuvieron hablando un rato sobre lo que podría sucederle al día siguiente cuando fuera al trabajo. Pero Luis ya había terminado su cerveza, así que era la hora de irse a dormir.
Bueno, creo que es mejor que nos vayamos a dormir que ya es muy tarde, dijo María.
Sí, vámonos. Me gustaría lavarme los dientes pero….
No te preocupes, que tengo un cepillo sin estrenar. Ven que te lo doy.
Luis la acompaño al baño y se atrevió a entrar con ella hasta dentro. En cualquier
otra ocasión se hubiera quedado a la puerta y hubiera esperado a que ella saliera para luego entrar él. Sin embargo, ahora no esperó fuera. ¿Qué le movió a obrar así? Seguramente el deseo irrefrenable de sentir el calor del cuerpo de María en el suyo, o simplemente la necesidad de pasar la noche abrazado a una persona querida.
María abrió un cajón y extrajo de él el cepillo de dientes que le había prometido. Se lo ofreció y él lo recibió para de inmediato colocarlo sobre la repisa del aparador. Con la mano izquierda tomó de la mano derecha a María y con toda la delicadeza de que era capaz la atrajo hacia afuera del cuarto de baño y allí, en medio del pasillo que conducía hacia los respectivos dormitorios, la abrazó y besó con verdadera pasión. Ella mostró cierta extrañeza pero no dijo nada, simplemente lo miraba a los ojos, mientras él la tomaba en brazos y la transportaba, así, como si acabaran de celebrar la ceremonia de bodas, hacia el lecho del placer. La depositó suavemente sobre la cama y comenzó a desnudarse sin dejar de admirar el bello cuerpo que ahora sí, en todo su esplendor (María se había despojado del camisón) se mostraba ante sus ojos. Se colocó a su lado, se sonrieron, se besaron, se acariciaron, se abrazaron…. ¡se amaron!
Era tan grande el amor que albergaba el corazón de los amantes que solo después de que el deseo quedara reducido a cenizas, solo después de derretirse en la hoguera de la pasión, quedaron rendidos al sueño.

A la mañana siguiente, Luis fue a trabajar como cada día. Se levantó y se despidió de su amada, no su amante, con un beso de despedida, como si llevaran juntos toda la vida. Cuando llegó a la empresa, su jefe lo primero que le dijo es que había venido la policía a buscarlo. El saberlo le asustó más de lo que ya estaba.
Entonces, me voy. No sea que vuelvan.
Lo que me extraña es que no te hayan visto entrar. Si llevan ahí fuera desde muy temprano.
A ti, ¿qué te han dicho?
Me han peguntado si trabajaba aquí un tal Luis Sánchez. Les he dicho que sí y han vuelto a preguntar que cuándo venías. Les he dicho que a las ocho de la mañana era la hora de entrar a trabajar. Me han preguntado si también trabajaba aquí Francisco del Olmo y les he contestado afirmativamente, claro está. Y sin más se han ido. Aunque he comprobado que se han quedado en los alrededores. Voy a salir a ver si siguen ahí.
Volvió a entrar y le informó a Luis de que los polis continuaban vigilando la entrada de la nave donde guardaban los vehículos de la empresa.
Y ¿qué hago?
Yo que tú desaparecía por lo menos durante unos días hasta ver en qué queda la cosa. Aunque, aún no me has dicho por qué te está buscando la policía.
Paquito no habrá venido a trabajar, supongo.
Pues no, todavía no ha llegado.
No creo que venga. Anoche le detuvo la policía en una gasolinera pocos kilómetros después de pasar Albacete en dirección a Madrid.
Y ¿cómo lo sabes tú?
Porque a mí no me detuvieron de milagro.
Y comenzó a relatarle los hechos acaecidos la noche anterior. Cuando terminó, su jefe le aconsejó que se escondiera unos días o, mejor aún, que se fuera del país.
Por dónde salgo para que no me vean los polis que están ahí fuera.
Tranquilo, métete en la furgoneta, túmbate en el suelo en la parte de atrás y te saco de aquí.
Y así lo hizo. Unos minutos después se encontraba en medio de la vorágine de la gran ciudad y se sintió mejor.
Por la noche fue al bar como de costumbre. Al llegar, ya se encontraban dentro sus amigos y María.
Buenas noches, dijo.
Hola, respondieron ellos, mientras observan con sorpresa mal disimulada que María besaba a Luis en los labios.
Al ver la cara que ponían sus amigos les aclaró:
Bueno, ya os contaremos, pero es que nos hemos liado, ¿verdad, María?
Sí, tantos años que hace que nos conocemos y ha tenido que ser la policía la que nos haya unido. Mira que somos tontos, la de tiempo que hemos desperdiciado, cielo santo.
Bien, al grano. A ver qué ideas aportáis para poder salir del atolladero con bien, que dicen en mi pueblo. Mi jefe me aconseja que me esconda un tiempo o mejor que me vaya al extranjero. ¿Qué opináis vosotros?
Hombre, irte ahora al extranjero y dejar a María sola… – dijo Pepe, riendo -.
Déjate de bromas Pepe, que esto es muy serio.
Pero, bueno, lo primero que habría que saber es dónde está Paquito y si te ha denunciado o no, – apostilló Fede -. A ver si estamos haciendo un mundo de todo esto y resulta que Paquito está libre y tan campante por ahí.
¿Qué sugieres, que le llame a casa? – dijo Luis.
Pues quizá sea lo más conveniente para empezar a reflexionar y tomar una decisión. No se puede obrar a la buena de dios. Hay que hacerlo con fundamento.
Hijo, me dejas anonadada. ¿Qué manera de hablar! No pareces salido de la mina.
Los años de lucha contra la dictadura me sirvieron de mucho. No fui a la escuela pero leí y aprendí lo suficiente como para poder redactar un manifiesto cuando fue necesario. Y, si quiero, hablo bien, aunque no lo tenga por costumbre.
Voy a llamar a los padres de Paquito, dijo Luis.

Y así lo hizo. Fue el padre quien contestó al teléfono. Le contó las peripecias de la detención de su hijo: que si le habían golpeado, que lo llevaron al cuartelillo de la guardia civil más cercano, que era el de La Roda, donde estuvo todo el día de ayer; hoy lo han traído a Madrid. Trató de disculparse por haberle delatado, pero es que “no le quedó más remedio. Cuando descubrieron el tabaco en el maletero del coche, lo primero que le preguntaron es quién se lo había proporcionado. Y como no podía delatar a los auténticos proveedores del material, dijo que habías sido tú. Tienes que entenderle, los otros son una mafia que no se andan con chiquitas. Así que yo que tú tendría cuidado y no andaría por ahí pues ya te están buscando”.

Luis dejó el teléfono un poco abrumado por lo que le había dicho el padre de su amigo.
¿Qué te ha dicho? – preguntó María.
Manda huevos. Será cabronazo… decir que he sido yo el que le ha proporcionado el tabaco.
Ahora sí que no tienes más remedio que ponerte a buen recaudo, dijo Pepe.
Y ¿dónde me escondo?
Los tres pensaban mientras estaban en silencio. Fede pidió otra ronda a ver si las ideas fluían mejor por sus cabecitas. Saboreó su vino con placer y de pronto dijo:
Ya lo tengo. (Los tres le miraron con cara de apremio) No hace falta que te vayas fuera ni que te escondas. Lo que tienes que hacer es disfrazarte.
Sí de nazareno, no te jode.
Tranquilo. Tú sabes tocar la guitarra, ¿no es cierto? Pues te vistes como cuando tocabas en aquel grupo de antaño, te tiñes el pelo, que ahora se lleva mucho, te vistes con un pantalón al uso, zapatillas de deporte, etc y te vas a tocar a alguna estación de metro. Así no tendrás que alejarte de María. Y además te sacarás algunas perras que no te vendrá mal si no vas a poder trabajar durante un tiempo.
Todos se quedaron pensativos. Daban vuelta en sus cabezas a la idea, no tan descabellada, pensaba María, apetecible, sentía Luis, ingeniosa, sentenció Pepe.
Vale pues. Mañana voy a una peluquería y pido que me tiñan el pelo de color.
Y así fue. A la mañana siguiente salió de casa con un pantalón de loneta de color azul claro, una camisa de flores que armonizaba perfectamente con el pantalón, zapatillas deportivas, unas modernas gafas de sol que le proporcionó María y con precaución máxima. Así vestido entró a una peluquería que le recomendó María. Era moderna, unisex, y con trabajadores jóvenes.
Cuando le dijo lo que deseaba al joven que salió a recibirlo, o sea, teñirse el pelo, no mostró cara de sorpresa ni hizo el menor gesto de extrañeza, como si estuviera acostumbrado a realizar mandados semejantes o incluso más atrevidos. Lo único que se permitió fue aconsejarle el color. A él le iría mejor con su figura el color amarillo, le daría una imagen más alegre y luminosa. Se quedó dubitativo unos instantes imaginándose con el pelo de aquel color pero se dijo que, si era eso lo que le aconsejaba aquel joven, que no dejaba de ser un profesional, sería porque realmente veía que le favorecía.
Al finalizar, le peinó el pelo sin la uniformidad habitual sino con un cierto desorden, aunque bien estudiado. Se miró en el espejo y se vio atractivo y jovial.
Volvió a casa y cuando entró por la puerta, María casi se desmaya del susto. Se echó a reír a carcajadas pues jamás se hubiera imaginado que Luis pudiera adquirir una imagen como aquella ni en sueños.
No te rías y prepara la maleta que nos vamos. Lo he pensado mejor y con esta nueva imagen y con la guitarra en la mano no me va a reconocer ni mi madre así que menos la poli. Hay lugares que debemos explorar, en este país cada vez tenemos menos cosas que nos aten e él. En Londres puedo sacar un dinerillo cantando.
Ahora mismo preparo la maleta y nos vamos. Dame un minuto.

Fascículo 10º
Cualquiera que fuera un poco observador y prestara atención, podía percibir perfectamente y de forma rítmica el golpe de la pata de palo sobre la acera seguido del raspado de zapato. Pac… ssss…pac…sss… pac…sssss… Era Pepe con su inconfundible andar, por culpa de la cojera. Aunque eso no le impedía caminar con rapidez. Iba a casa de María. Tenía que avisar a Luis, así se lo había pedido Paquito que hiciera, antes de que se enterara por otro. ¡Madre mía! – pensaba. Cuando se lo cuente se va a caer de espalda. A ver cómo se lo toma. Ya estaba cerca de la casa. Sudaba por el esfuerzo. Entró en el portal, marcó en el ascensor el número del piso de María, esperó a que descendiera, abrió la puerta y entró. ¡Qué poco le gustaban los ascensores! Si alguna vez se había quedado encerrado en uno de ellos, lo había pasado francamente mal. Le entraba una sensación de ahogo tan fuerte que parecía que se iba a morir. Le sucedía lo mismo si se encontraba en medio de una aglomeración de gente. ¡Claustrofobia! – le habían dicho que sufría. Según subía, iba pensando que, o llegaba pronto o terminaría por sufrir otra vez más la “famosa claustrofobia”. Frenó en seco, se abrió la puerta y salió. ¡Ufff! – resopló Pepe, menos mal que solo son cuatro pisos, jamás podré subir a uno de los rascacielos de la ciudad de Nueva York, claro que ¿qué se le había perdido a él en la ciudad de Nueva York?
Llamó al timbre y al instante le abrió la puerta Luis.
Hombre, Pepe, exclamó con cierta sorpresa. ¿Qué te trae por aquí?
Tenemos que hablar, dijo entrando sin que le invitaran a hacerlo. Cierra la puerta, casi ordenó.
Mientras Luis se sorprendía por la actitud del amigo sin entender nada, él se introducía en la casa hasta el salón, como temiendo que en el pasillo le pudieran ver. Se sentó en el sofá y le pidió a Luis que hiciera lo mismo. Ya sentados, Luis le preguntó:
Pero ¿qué sucede?
No te lo vas a creer. Hizo una pausa como si esperara a que Luis hiciera algún gesto que acompañara a su vaticinio; como no movió un músculo siquiera, continuó: he visto a Paquito esta mañana en el bar de Moncho.
¿Qué dices? Si hablé con su padre por teléfono ayer y afirmó que estaba retenido en la comisaría de centro.
Te digo que lo he visto en el bar. Te habrá podido decir su padre lo que le dé la gana. Es más, te puedo contar por qué no está en la comisaría y se mueve libre como un pájaro por las calles de Madrid. Y también me ha dicho que quiere verte cuanto antes.
Luis no sabía si creerle. Cómo era posible que ya le hubieran soltado, si le habían pillado con la mercancía, si estaba clarísimo que había comprado las sacas de tabaco y que el tabaco era contrabando.
Es que no lo ha detenido la policía.
¿Cómo que no lo ha detenido la policía? Pero ¿qué dices, hombre de dios? Si lo he visto con mis propios ojos. Y eso fue lo que me salvó a mí.
Ya, eso es lo que tú creíste que sucedía, pero a veces las apariencias engañan.
¿Me estás queriendo decir que los hombres que vi junto a Paquito no eran policías?
Algo así, afirmó acompañando la frase con el asentimiento de cabeza.
Luis se quedó en silencio repasando las imágenes de lo que él pensaba que era una detención. Y no encontraba nada anormal. Dos polis, uno que pide la documentación y otro abre el maletero y encuentra las sacas de tabaco de contrabando…
Y si no eran policías… ¿quiénes eran, entonces?
Te lo cuento tal cual me lo ha contado Paquito a mí hace un rato.
Cuando Paquito salió del restaurante, se encontró con dos individuos que le interceptaron el paso. Le enseñaron una placa de policía o eso pensó él que era aquel artilugio que uno de ellos tenía en su mano y que apenas si le mostró, y le pidieron que le enseñara la documentación del coche. Él, solícito, abrió la puerta del vehículo y sacó la documentación. Se la entregó al que se encontraba a su lado, mientras el otro abrió el maletero.
Así que llevamos el coche cargao de tabaco de contrabando, ¿eh?
¿Cómo? – exclamó extrañado el otro, al mismo tiempo que esbozaba una sonrisa de falsa incredulidad.
Bueno, no es lo que parece, dijo Paquito bastante asustado. Lo he comprado a unos amigos, por hacerles un favor. Yo no sabía que era tabaco de contrabando.
Ya… por hacerles un favor…..
Bueno, de momento vamos a salir de este aparcamiento, y procederemos a detenerle. Monta atrás y no intentes escapar que será peor para ti, dijo el que le revisaba la documentación.
Este parecía llevar la voz cantante (el que le había pedido la documentación) y fue el que se puso al volante, el otro se sentó atrás con Paquito. Arrancó el coche y salieron a la autopista en dirección a Albacete. Paquito no decía nada pero estaba bastante asustado. Menos mal (pensaba) que Luis no se había enterado de nada. A ver qué cara ponía cuando saliera del baño del restaurante y comprobara que el coche había desaparecido. Espero que no llame a la policía denunciando mi desaparición. Lo cogerían a él también inmediatamente.
Llevaban unos treinta kilómetros recorridos, cuando el que conducía detuvo el coche en el arcén. Hemos llegado dijo. Paquito miraba alrededor y no veía más que campo. ¿Dónde está el cuartel de la guardia civil o la comisaría? – pensaba. Lo obligaron a salir. A continuación bajaron ellos:
Bueno, aquí te quedas. No creo que te sea difícil parar algún vehículo para regresar a Madrid.
¿Pero no me van a detener? – preguntó con una alegría que casi no podía disimular.
Los policías empezaron a reírse a carcajada limpia.
No, por esta vez no te vamos a detener. Y seguían carcajeándose en sus narices. Pero, como te pillemos otra vez con material de los “Pinzones”, te lo requisaremos y te daremos una paliza que te va a tener en el hospital al menos un mes. Muchacho, si quieres tabaco de contrabando, pídeselo a nuestro jefe, “el manix”, que es el proveedor oficial de la zona. ¿Entendido, pringao? Y ahora te tenemos que dejar que el tiempo es oro, y nuestro jefe tiene malas pulgas.
Montaron de nuevo en el coche y salieron escopetaos hacia su guarida. Paquito se quedó allí parado con cara de lelo y pensando que se la habían dado con queso. Él que se creía un chorizo de lo más inteligente que había. Era tan grande la rabia que sentía que se prometió a sí mismo vengarse en cuanto la ocasión se le presentara. “Esto no va a quedar así”, se dijo. “Vais a saber quién soy yo”.

Luis se revolcaba en el sofá al mismo tiempo que se partía de risa imaginando la cara de gilipollas que se le habría quedado al listo de Paquito. Parecía que le iba a dar algo. Cuando se serenó un poco y a punto de darle una congestión, se dijo mirando a Pepe:
Entonces, no me está buscando la policía…. No tengo por qué esconderme ni por qué huir… Y este disfraz que me he puesto me sobra, por tanto… ¡María!…¡María!…
Salió del salón hacia la habitación donde María preparaba la maleta.
Ya no hace falta que prepares la maleta. Ya no nos vamos. Nos quedamos aquí que es donde debemos estar. No me persigue la policía.
Y los individuos que merodeaban alrededor de la nave de tu empresa ¿quiénes eran? ¿No tuviste que salir escondido en la furgoneta de tu jefe?
Sí… Eso digo yo, ¿quién demonios eran?

Apenas habían pasado unos minutos, cuando un camionero paró al ver a Paquito en el borde la autopista. Le preguntó que adónde iba y al decirle que a Madrid, le mandó subir. Fueron charlando amigablemente el trayecto hasta la capital sin decirle claro está el verdadero motivo por el que estaba haciendo autoestop. Le dejó lo más cerca que pudo de la nave de la empresa de mudanza donde trabajaba y se despidieron.
Al llegar al trabajo, dos individuos le cerraron el paso. Ahora sí que son policías, pensó.
Un momento, amigo. Tenemos que hablar contigo; ven para acá. Y le llevaron a la parte trasera del edificio. ¿Dónde está tu compinche? ¿Acaso se ha llevado la mercancía para esconderla en algún lugar seguro?
Paquito no sabía qué decir, pero echarle la culpa a Luis no le pareció mala idea. Decir que se la habían robado, era reconocer su ineptitud. Mejor sería hacerle cargar con el muerto a Luis.
Sí, él tiene un local donde guardamos la mercancía hasta que la colocamos.
Bien, pues tenemos un recado que daros de parte de nuestro jefe. Parte del dinero con que pagaste la mercancía es falso. Y eso a nuestro jefe le ha disgustado mucho. Si en cuarenta y ocho horas no entregas el resto, prepárate, pues es posible que sufras un accidente del que te resultará muy difícil reponerte.
¿Cómo que el dinero es falso? Es imposible que sea falso.
Muchacho, haznos caso. Faltan mil euros. Volveremos a por el dinero dentro de dos días. Adiós.
Cuando se quedó solo, Paquito empezó a darle vueltas a la cabeza buscando el modo de salir del lío en que se había metido. “Vamos por partes”, se dijo. Una banda rival le había despojado de la mercancía porque no se la había comprado a ellos. La otra, la que le había suministrado el tabaco, le reclamaba parte del pago por ser falsos algunos billetes. Pero es que me han echado el mal de ojo o me ha mirao un tuerto, me caguen todo. ¡Tranquilo! Vamos a pensar con sosiego y razocinio. Recuperar el tabaco es imposible, exige personal, armas y dinero. Y no tengo ninguna de las tres cosas. Contar con Luis es como no tener a nadie al lado, es un mindundi, no tiene agallas. Encontrar el dinero que sustituya al que era falso tampoco es fácil. Ahí sí le podía ayudar Luis, aunque no creía que tuviera esa cantidad. Además le reclamaría la parte que le correspondía pues le había prometido compensarle con un buen dinero si colocaban la mercancía pronto. ¡Vaya lío! ¿Y pedirle al jefe un adelanto y así pagar y olvidarse del asunto y esperar a que vengan mejor dadas?…. Quizá va a ser lo mejor. Ahora voy a buscar a Luis y a contarle todo, no sea que la líe yendo a la policía”. Aunque antes voy a llamar a mi padre y a decirle que me ha detenido la poli por culpa de Luis. Que ya le explicaré más tarde.
Y así fue. Sin entrar en la nave ni ver a su jefe, se fue al bar de Moncho donde sabía que podría encontrar a Luis o al menos donde podría dejarle el recado de que necesitaba verle.

Fascículo 11º
Aquella noche se reunieron los cuatro amigos en el bar de Moncho a la espera de que apareciera Paquito. Cuando Gabi vio la nueva imagen de Luis, no pudo por menos que echarse a reír. “Disculpa que me ría. Pero es que de la imagen de hombre serio con que siempre te he visto, a esta nueva imagen que muestras ahora, hay un abismo. Aunque creo que te has quitao diez años de encima. Hasta estás más guapo”. Y continuaba riendo mientras iba poniendo las consumiciones respectivas.
Pero ¿por qué te has teñido el pelo de color amarillo?- añadió el camarero.
Es un poco largo de contar. Digamos simplemente que ha sido necesario hacerlo. Y ahora, como me encuentro a gusto con mi nuevo “look”, pienso dejármelo por un tiempo. Por cierto, ¿te dijo Paquito a qué va a venir esta noche?
Sí, me dijo que vendría sobre las once.
Los cuatro amigos se sentaron en una mesa. Fede fue el primero en hablar.
Bueno, y ahora que ya no tienes por qué escapar, pues no te persigue la justicia, ¿qué planes tienes o tenéis para el futuro?
Luis miró a María y esta volvió la vista hacia la puerta de la calle como si con ella no fuera el asunto.
No sé, supongo que las cosas seguirán más o menos como antes. Al oír esta respuesta, María lo miró fijamente como con ganas de decir algo. Luis la observó mientras continuaba: salvo que a María le parezca bien que las cosas cambien.
Que algo cambie… ¿cómo qué? ¿Que dejemos de venir a tomar copas a este bar? ¿Que dejes de trabajar en esa empresa de mudanzas que tan mal te pagan, por cierto? ¿Que te tiñas el pelo de azul la próxima vez que vayas a la peluquería? ¿Que te mudes de ciudad ya que aquí estás muy visto y te persigue la mafia del contrabando de tabaco? Que cambie… ¿qué?
Que cambie de domicilio, contestó Luis de forma un tanto cortante, pues así le había parecido a él que le había hablado ella. Como María no decía nada, añadió: que abandone la casa donde vivo y me vaya a vivir contigo.
Tomó su cerveza y bebió un sorbo mirando al frente. Pepe y Fede también se miraron con media sonrisa para después clavar sus ojos en los de María, que después de carraspear, dijo:
¿Qué significa venirte a vivir conmigo? ¿Que te tengo que alquilar una habitación porque andas mal de dinero?
No, irme a vivir contigo significa lo que trae consigo vivir juntos: vivir en pareja con todas las consecuencias.
Vamos, como un matrimonio, quieres decir.
Sí, como un matrimonio. Después de una breve pausa, continuó: si es que te quieres casar conmigo.
¡Toma! – Gritó Pepe mientras aplaudía con fuerza.
¡La bomba acaba de estallar!- añadió Fede, mirando a Gabi que no se había enterado como es lógico de lo que estaba sucediendo.
Pero ¿qué pasa? – preguntó Gabi.
¡Espera, espera! – le dijo Pepe, mientras miraba a María a ver qué respondía.
Esta también dio un sorbo a su ginebra bien fría y contestó:
Mucho has cambiado últimamente, Luisito. A ver si el cambio de “look” te ha modificado también el comportamiento de las neuronas. Primero me abordas en mi propia casa, me tomas en brazos y me llevas a la cama y ahora me pides en casamiento, que se decía antes. ¡Estoy muy sorprendida! Y la verdad es que no sé qué decir. Tendré que pensarlo, dame por lo menos unos días hasta que asimile la nueva situación.
Tómate el tiempo que quieras; son tantos años los que llevo solo que unos días más no creo que me vaya a afectar.
En ese momento entró por la puerta el amigo Paquito. Se sentó a su lado y pidió una cerveza. Miraba a Luis pero no decía nada. Fue este el que dijo:
Supongo que tendrás que darme una explicación de lo que ha sucedido.
Ya sabes todo lo que hay que saber. Fuimos estafados por una banda rival de la que nos había proporcionado la mercancía y ahora esta nos reclama mil euros porque dice que algunos billetes eran falsos.
Para el carro, amigo. Eso de que nos reclaman lo dirás en broma. Te reclaman a ti que yo no tengo ni arte ni parte en este negocio salvo que tenía que ayudarte a repartir la mercancía, como la llamas tú. A ti es al que han estafado y a ti es al que reclaman mil euros. Y espero que no me pidas nada pues si acaso seré yo quien deba reclamarte lo que me iba a reportar el “trabajillo” que tenías entre manos. Claro, que la culpa es mía por fiarme de un chorizo de poca monta como tú.
Oye, sin insultar ¿eh? Que, si sigues así, me voy y que te den…
No si encima el ofendido serás tú, no te jode ahora. Mira no te doy dos ostias porque me das pena…
Haya paz, haya paz… –dijo Fede. Si es por dinero, todo se puede arreglar. Yo os puedo prestar los mil euros y ya me lo devolveréis.
No, no, no…Se los prestarás a este imbécil que es el que los debe. Además, ¿por qué entregaste billetes falsos?
¡Es mentira! Se lo han inventado para sacarse otros mil euros más. Yo les he dado billetes de curso legal. ¡Son unos desgraciados!
Bueno, lo dicho; yo os presto o yo te presto, Paquito, el dinero (dijo al ver la cara de mala leche que ponía Luis) y asunto terminado.
Gracias, Fede. Eres un gran tipo. Y, si no os parece mal, os voy a dejar, que tengo cosas que hacer.
Adiós, dijeron los cuatro. Y no me vuelvas a ofrecer ningún trabajillo más, le soltó Luis cuando ya casi estaba en la puerta de salida del bar.
Parece que todo vuelve a ser como antes, comentó Pepe. Si no fuera por el color de tu pelo, no quedaría ni rastro de lo acontecido estos días.
Brindemos, pues, por el futuro, dijo Pepe. Invito yo, que he limpiado los zapatos a un tipo tan generoso que me ha dado veinte euros.
Brindemos por que el futuro nos sea más propicio.
Todos bebieron. Posaron sus vasos y miraron hacia otro lugar que no fuera la cara del que estaba frente a ellos. María rompió el silencio que comenzaba a ser desagradable.
Creo que ya tengo decidido lo que hacer al respecto… La miraron con sorpresa pues ya casi no se acordaban del asunto del casamiento. De acuerdo, ¡casémonos!
Luis se la quedó mirando como diciendo “¿estás segura?”, mientras los amigos reían alegremente.
Tenemos que comprarnos un traje, Pepe, para la ceremonia, dijo Fede.
Luis abrazó a María y estuvieron así un buen rato. No podían ocultar la emoción que les embargaba el alma. Por fin iban a poder vivir con alguien con quien compartir alegrías y tristezas; con quien poder dormir abrazados en las frías noches del invierno madrileño; en quien descargar las frustraciones con que la vida les seguiría premiando seguramente; en definitiva, por fin podrían juntos olvidar las adversidades con que la vida les había adornado a lo largo de los años.
Y ¿os casaréis, por la Iglesia o por el juzgado?
La duda ofende, Pepe. Mañana iré al juzgado a solicitar día y hora para la ceremonia. No olvidéis que vosotros dos seréis nuestros testigos, así que a agenciarse una ropa guapa que el motivo lo merece.
Soy una mujer muy feliz, dijo María, al mismo tiempo que besaba a Luis apasionadamente.
Danos una botella de champán, Gabi, que esta noche nos vamos a emborrachar y mañana…
Luis no pudo acabar la frase pues una tremenda explosión destrozó el local y lo llenó de humo y polvo.
Al día siguiente la prensa daba de forma escueta la noticia. Diez personas muertas y varias heridas de gravedad en un atentado terrorista. Los muertos y heridos eran clientes asiduos del bar, al que solían ir con frecuencia por ser vecinos del barrio. Se desconoce el motivo que puede haber movido a los terroristas a elegir este local para perpretar acto tan vandálico. La policía está investigando el hecho, aunque se encuentra bastante despistada pues no hay indicios que señalen un camino por donde comenzar la investigación.
F I N

( Santander a 28 octubre de 2013)

 

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