EL MIEDO A ELEGIR (o la crisis de los veintitantos)

Hay un video por las redes sociales de una joven veinteañera en el que comenta y define a los jóvenes de su generación . En esencia viene a decir que los jóvenes de su época no saben muy bien qué hacer con su vida. Que se sienten solos, que echan de menos épocas pasadas….. Y todo porque hasta ese momento han sido dirigidos por la “agenda” (así lo llama ella) de las instituciones o  de papá y mamá.  “La crisis de los veintitantos”, la llama. (¡Anda, que no le quedan crisis que pasar!)

Yo creo que, y en base a mi experiencia, el problema es que lo más difícil de la vida es tener que elegir. Decidir por uno mismo. En mi época de universitario leíamos un libro que estaba muy de moda “El miedo a la libertad” de Erich Fromm. No voy a hacer ninguna disertación porque no soy quién para hacerlo y porque ya no me acuerdo; pero la esencia del libro o lo que yo percibí entonces es que emanciparse de las “restricciones sociales”, que dice esta joven, (escuela, padres, iglesia, etc) cuando te llega el momento, o sea, cuando cumples los veintitantos, no es fácil. Te crea una sensación de vacío que no sabes cómo llenar, sobre todo en un principio. Es mucho más cómodo obedecer. Y todo porque elegir implica equivocarse y por tanto ser responsable y esto da miedo.
Cuando uno es niño, ante cualquier reprimenda, por algo que no hemos hecho bien, lo primero que decimos es “yo no he sido”. El problema viene cuando empezamos a ser nosotros mismos porque nosotros decidimos. Además, es mejor echar la culpa de lo mal que nos van las cosas a los demás. Son mis padres que no me entienden, es el Estado que no me proporciona lo que necesito, es mi amigo que es un egoísta, es mi novia que no me quiere….. Como decía Sartre : “L´enfer C´est l´autre” (el infierno es el otro).
Y es posible que todo sea causa de ese deseo desmedido que tiene todo joven de ser feliz. Y la felicidad es como querer retener el agua con las manos. Cuando crees tenerla, desaparece entre los dedos. Porque la felicidad es efímera. No es un estado. Son momentos puntuales. Cuando se es joven no se concibe que exista el sufrimiento. No, al menos para nosotros. Son los otros a los que les toca sufrir. Y todo porque les han enseñado (y aquí entramos los padres como causa de parte del mal que afecta a los jóvenes de esta edad) que la vida “es bella”. Porque no les hemos enseñado a sacrificarse (“ya lo harán cuando les toque”, dice más de un padre) ni a vencer las dificultades que nos presenta la vida cada día. Y no es verdad que la vida sea bella.
Yo a mis alumnos (algunos lo recordarán) les decía en clase al respecto: “la vida no es bella, quien os dice eso os está engañando. La vida es UNA PUTADA”. Lo cual no significa que debamos acobardarnos por ello y dejarnos vencer por el desánimo. ¡NO! Al contrario, eso tiene que servirnos de incentivo, de motivación. Debe animarnos a luchar. Y a no tener miedo a elegir ni a decidir por nosotros mismos. Y si una o dos o más veces nos equivocamos al elegir, no importa, habrá que seguir buscando hasta encontrar lo que anhelamos. Algunos lo llaman “la eterna búsqueda” (y se refieren a dios). No llego a tanto. Quizá sería mejor llamarlo “el necesario motor de la existencia”.
Así entiendo yo la vida de un joven (y ¿por qué no?, de todo ser humano): la vida es DECIDIR, ELEGIR, BUSCAR, ANHELAR, RECHAZAR…. Se elige profesión, se elige esposa o esposo, se eligen amigos, se elige, en definitiva, LA MANERA DE VIVR.  ¡Ah! Y se puede RECTIFICAR. No pasa nada por ello. Al contrario. “SIN MIEDO A LA LIBERTAD”.
¡ÁNIMO!

(AUNQUE A LO MEJOR ESTOY EQUIVOCADO)

INMIGRANTES Y EMIGRANTES

¡Qué difícil es ser emigrante! Y qué poco nos gustan los inmigrantes. Ellos vienen a quitarnos el trabajo a los autóctonos pero los nuestros van a otros países en busca de un futuro, a labrarse un porvenir, no van a quitar nada a nadie. Los que vienen son delincuentes. Los nuestros son buenas personas. Y sin embargo nada es como parece o por mejor decir, todo es mucho más sencillo de lo que parece. El emigrante sale de su casa y de su país por obligación no por gusto. Ni con la intención de quitar nada a nadie.
Corría el año 1977 cuando estando de viaje por Alemania, conocimos a unos emigrantes españoles en un bar regentado por un español. Nos recibieron, como no podía ser de otra manera, con los brazos abiertos. Y nos pusimos a hablar con ellos. De toda la conversación solo recuerdo lo que me dijo uno de los jóvenes que allí estaba. Era alemán, porque había nacido ya en el país pero sus padres eran andaluces. Habían sido de los primeros en llegar a aquella parte de Alemania. Como es lógico, hablaba perfectamente alemán, mejor que el español. Y se sentía alemán pero había algo que le impedía serlo de forma total y no era porque le trataran mal sus paisanos sino porque recordaba con mucha tristeza, y porque su padre se lo había contado más de una vez, lo mal que lo habían pasado sus padres la primera noche en aquella ciudad tan inhóspita llamada Amberg.
Emigraron porque en los años sesenta no había trabajo para todos aquí en España. Les ofrecieron trabajo y llegaron con ilusión de conocer otra forma de vida pero al mismo tiempo con el miedo que supone marchar de tu país y dejar a los tuyos. Era ya de noche, estaban cansados del viaje pero tenían hambre. Había que cenar y qué mejor que una buena tortilla de patata. Claro que había que ir a comprar lo necesario. El padre del muchacho se ofreció a ir a la tienda. En España hubiera ido la esposa pero aquí, recién llegados pensó el padre que le correspondía a él. Por supuesto no sabía ni una palabra del idioma alemán. Entró en la tienda y se encontró con unas cuantas personas que estaban comprando. Cuando le tocó el turno hizo todo lo humano por hacerse entender con gestos. Lo de la comida estaba claro, si era una tienda de ultramarinos, qué iba a querer comprar, pero lo de los huevos ya era otro cantar. Como le entendía el tendero, al buen hombre no se le ocurrió otra forma de hacerse entender que imitar a la gallina, para lo que se puso en cuclillas y cantó “ cocoroco cocoroco cocoroco”, al mismo tiempo que movía los brazos arriba y abajo como si fueran las alas del ave. Los allí presentes se tiraban por el suelo no pudiendo aguantar la risa. El emigrante logró llevar a casa (bueno, lo de casa es un eufemismo, mejor habría que decir el barracón que les habían asignado) los huevos y las patatas y cenaron con los ojos llenos de lágrimas. Acostados y arrebujados entre las mantas, lloraba el padre, al mismos tiempo que la rabia sustituía a la vergüenza que había sentido en la tienda. Fue en ese instante cuando supo que lo que les esperaba no iba a ser nada agradable.
Cuando el joven terminó de contar la historia que había vivido su padre, se le notaba en el rostro el dolor que le producía solo rememorarlo.
Es verdad que hoy en día nuestros emigrantes están mejor preparados, es más quizá solo salgan los que lo están. Pero siguen siendo personas desvalidas porque están solos, sin familia ni amigos, aunque hablen muy bien el idioma del país al que han llegado.
Deberíamos tener más presente el precepto: “Tratad a los demás como os gustaría que ellos nos trataran a nosotros”.

Pero si Hacienda trata así a los emigrantes españoles que tuvieron que salir de España en los años 60 porque aquí no tenían qué llevarse a la boca…  es fácil entender: ¡QUÉ DIFÍCIL ES SER EMIGRANTE!

 

Hacienda reclama a emigrantes jubilados el pago de impuestos por pensiones

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hacienda-emigrantes-pensionesHacienda está enviando cartas a emigrantes que han regresado a España y están jubilados aquí después de trabajar años en Alemania y Francia. Son marineros y pescadores procedentes de Galicia, Asturias y Murcia que emigraron en los años 60 y 70. En las misivas “exige el pago de las pensiones que han consolidado en el extranjero“, según publica Javier Ruiz en Vozpópuli. Las cantidades reclamadas a cada jubilado oscilan entre los 10.000 y 15.000 euros. En ellas se incluyen el pago de impuestos, intereses de demora y sanciones. Y deben abonarlas en un plazo de diez días. “El fisco ha requerido información a Alemania, Francia, Suiza, Noruega y ha pedido datos, además, a Holanda y Latinoamérica”.

 

HOY HE TENIDO CARTA


HOY HE TENIDO CARTA”
¿Qué es la soledad? La soledad es un sentimiento, no solo es una situación. Puedes estar rodeado de gente y sin embargo percibir que ningún hilo conductor te une nadie de los que te acompañan. Soledad es verte en medio del desierto, aunque, cuando miras, veas y sientas el ajetreo de personas que van y vienen. Soledad es ser niño y no tener a quién acudir o de quién recibir aunque solo sea una leve muestra de cariño.

Se sentía solo y abandonado. Le venía a la mente aquellos años de internado en los que, si algún día el cura no le nombraba a la hora de la entrega del correo, pues esperaba carta diariamente de su querida Pilar, se sentía el ser más olvidado y solitario del universo, a pesar de que sabía (como ahora también sabía) que los que se escondían tras el silencio eran sus seres queridos.
También recordaba los años de universidad, cuando, al volver de clase, abría la puerta de la residencia y sus ojos se dirigían, como respondiendo a una fuerza invisible que no podía esquivar, hacia el casillero que le habían asignado y que se encontraba situado a la entrada, y en el que le depositaban las cartas que recibía. Si sucedía que un día más estaba vacío, subía las escaleras que conducían a su habitación con una desazón en el corazón que sólo la llegada de la esperada y deseada carta mitigaba días después.
Recordó, incluso, a aquel compañero huérfano que, como no tenía quien le enviara carta alguna, pues no tenía familia, decidió un día, (por ver qué se sentía, por experimentar la alegría que el rostro de sus compañeros reflejaba a menudo, por poder decir: “hoy he tenido carta”, por tantas cosas, pensaba él, que debían de sentir sus compañeros) escribirse una carta a sí mismo. Tomó su pluma y papel y comenzó a escribir: “querido hijo. Espero estés bien. Nosotros por el momento estamos bien. Ya sabes lo mucho que te echamos de menos tu madre y yo, así como tus hermanos. Lo felices que somos por saber que vas tan bien en los estudios, (no olvides que el bien es para ti). Nos alegramos por la gran cantidad de amigos que tienes, y por lo bien que te lo pasas en el internado. Estamos deseando que vuelvas a casa para darte un abrazo y demostrarte en definitiva, lo mucho que te queremos. Un beso. Tus padres y hermanos.
La cerró, fue a correos, le puso sello y la echó al buzón. Estuvo nervioso los dos días que tardó la carta en volver a sus manos. Sentía más nerviosismo que aquel día de Reyes en que había pedido de regalo un balón de reglamento. Pero este día iba a ser muy especial.
Todos los alumnos esperaban alrededor del cura, a una prudente distancia, eso sí, que comenzara a leer los nombres de los afortunados que habían tenido carta. Fue nombrando a varios compañeros. Mas de pronto fue su nombre el que oyó; eran los sonidos que conformaban su nombre y apellido. ¡Qué emoción, cielo santo! Nunca ha olvidado ese momento. Como nunca olvidará a aquel curita que se encargaba de entregar el correo cada día. No se lo creía, casi. Un compañero le tuvo que impulsar suavemente, mientras le decía, “es para ti, anda”. Salió del grupo, se adelantó con una emoción desconocida, casi sonrojándose por ser por fin protagonista, por experimentar la misma emoción que a sus compañeros les embargaba tan a menudo, sobre todo porque eran niños y porque se encontraban lejos de su tierra y de su familia. Cuando llegó a la altura del cura, éste le entregó la carta. Le temblaba el pulso y casi se le cayó al suelo. La agarró con las dos manos y se retiró, se alejó del resto del grupo; quería vivir ese momento tan ansiado, solo, no quería compartirlo con nadie, no deseaba hacer partícipe a los demás de la felicidad que inundaba su alma. Pensaba que era egoísta pero es que era la primera vez, desde que había llegado al colegio, que recibía una carta. Abrió el sobre con manos temblorosas, extrajo el papel que él había doblado tan delicadamente y poco a poco, lo que las lágrimas le permitían, fue leyéndose las palabras que él con tanto cariño se había dedicado. Cuando su amigo del alma le preguntó si había tenido carta, le respondió, con una sonrisa que podría haber ocupado todo un mural que anunciara la sonrisa más franca y limpia del mundo:
“¡Sí, hoy he tenido carta!”

¿QUÉ ES EL AMOR?

 

¿Qué es el amor?

No fue Cupido con sus flechas amorosas sino el verla pasar cada mañana por delante de su puerta lo que le hizo enamorarse de ella. La veía subir la cuesta con un caminar alegre, mirando a derecha e izquierda con su pelo negro y sedoso esparcido por el viento. Al llegar a su altura, le miraba y le sonreía. Le saludaba con un “buenos días, Juan”. Él al principio contestaba de manera casi mecánica: “buenos días” . Era una joven simpática y educada, nada más.
Pero una mañana que iba vestida con un abrigo azul marino, ya que el frío era intenso, el pelo recogido por dentro de las solapas, con la mano izquierda en el bolsillo, levantó la derecha enguantada hacia el horizonte y le saludó con especial esmero o eso le pareció a él, que hasta es posible que interpretara mal la mirada de la joven. El caso es que esa mañana fue cuando notó que el ritmo del corazón se le aceleraba demasiado y fue consciente de que se había enamorado.
A partir de ese día y en los sucesivos, su ánimo se alteró de tal modo que no podía hacer nada pues en su mente solo había cabida para un pensamiento: ¡ella! Y sabía que no podía aspirar a nada pues conocía a sus padres y a ella misma desde que levantaba menos que los juncos que crecían en el arroyo que bordeaba su casa. Y tampoco podía confesarle a nadie el motivo de su desazón. Ni siquiera la insinuación sería aceptada. Debía soportar la angustia solo. Pero cómo explicar que cuando el amor llega, se aposenta en el corazón y se agarra a sus paredes de tal manera que ya nunca se va. Maldecía la hora en que el amor había llamado a su puerta. ¿Qué necesidad tenía de amar a su edad?
Su sonrisa, su mirada tierna, sus pechos insinuantes, y el paso del tiempo habían hecho que se convirtiera en una diosa de la belleza. Era consciente de que no iba a poder soportar mucho tiempo la angustia que suponía que no pudiera hablar con ella, decirle cuánto la quería, pasear de su mano por el campo, reír cuando ella lo hiciera, contemplarla cuando dormitara a su lado…

Aquella mañana decidió abandonar su casa y marcharse muy lejos. Cerró la puerta con llave y fue al muelle; desató el cabo con que sujetaba su pequeña y vieja barca y se adentró en la mar.
A los pocos días un barco pesquero encontró la barca vacía, a la deriva y sin tripulante.

Ella, ahora, cuando pasa por delante de la casa, mira como siempre, pero vuelve en seguida el rostro y baja la mirada pues no quiere que nadie vea que una lágrima le nubla la vista.

LOS INTRANSIGENTES

Hasta hace una semana exactamente he tenido un blog con el mismo lema y la misma dirección que este que comienzo ahora. Pensaba que me lo había eliminado algún enemigo mío (yo que presumo de no tener enemigos), pero es posible que no me lo haya eliminado ningún “jaquer” sino que se haya eliminado solo por no recibir suficientes visitas. Es un poco descorazonador que sea esta la causa. La verdad es que de ser esto cierto, no sé qué coños hago ahora iniciando otro blog. Bueno, sé que existen algunas personas que sí que me leen, así que lo haré por ellas y porque en el fondo me gusta lo que hago, o sea, porque para mí escribir es un placer.

Gracias a los que me leeis, aunque sea de vez en cuando. Voy a iniciar el blog con una reflexión sobre un tipo de personas con las que últimamente he tenido algún encontronazo que otro. Y luego volveré a escribir (ya no será igual) el último realato sobre ¿qué es el amor? (algún amigo no lo leyó y quería hacerlo)

 

No sé si es por la edad o por qué pero cada día huyo más deprisa de ciertas personas: Aquellas que se creen perfectas y no soportan que los demás se equivoquen y no perdonan los errores de los otros, y lo que es peor, no dándose cuenta de los propios. Es gente que no da las gracias y rara vez pide disculpas, en gran parte, porque ellos no se equivocan.
Dicen los neurólogos que el impulso a que responde el pedir perdón es el mismo que el de dar las gracias. Es posible. Pedir perdón y dar las gracias en el fondo es reconocer el valor del acto de los otros. Y la soberbia o el engreimiento hace que pocos de este tipo de personas pidan perdón y agradezcan los favores que les hacen los demás.
Estas personas consideran que están por encima de la media, son unos privilegiados ya que ellos siempre actúan de forma correcta, nunca se equivocan y no soportan que los demás lo hagan. Son esos a los que yo llamo intransigentes. Si están casados, su mujer hace lo que tiene que hacer, para eso es su mujer, y solo les reconocen las cosas mal hechas y nunca el mérito de las que han realizado bien. Si son padres, no soportan que sus hijos no sean perfectos, es decir, saquen las mejores notas, sean los más altos, guapos, etc. (algo natural por otro lado si tenemos en cuenta la edad). Si tienen amigos (cosa que no es muy normal pues poco a poco les van abandonando ya que se hacen odiosos) no soportan que tengan otra forma de pensar, otros gustos distintos a los suyos, etc. Porque , la opinión de los demás no vale nada, son ellos más cultos, más leídos y más instruidos. En definitiva, no aguantan que sean ellos mismos y no una copia suya. Pero esta forma de ser hace que con el tiempo se vayan quedando solos. Pero la soledad les hace cada más vez más intransigentes, hasta consigo mismo. Pero eso sí, si les preguntas si no les molesta la soledad, nunca reconocerán que sí y menos aún que lo están porque se han quedado sin amigos. Es porque a ellos no les hace falta compañía, están muy bien solos, tienen entretenimientos que les permiten estar en casa tranquilamente.