FIN DE TRAYECTO

FIN DE TRAYECTO

CAPÍTULO I

(Año 2003)

PAULA Y DANIELA

Paula se encontraba en la cocina preparando la comida cuando oyó cómo se abría la puerta de la calle. Enseguida se dio cuenta de que entraba Daniela pues lo hizo corriendo y gritando como una loca…

– ¡Mamá!… ¡Mamá!… No te lo vas a creer… A punto de darme un soponcio… Se repite la historia… ¡Es increíble pero cierto!

Daniela jadeaba por el esfuerzo realizado al subir las escaleras a toda velocidad. La madre la escuchaba pero no llegaba a entender el significado de lo que su hija le decía.

– ¿A qué historia te refieres? – le preguntó.

– ¡A la tuya con mi padre! – respondió jadeando.

Paula levantó la vista del plato de ensalada que estaba aderezando y se quedó mirando a su hija que se había parado bajo el marco de la puerta de la cocina.

– Explícate mejor, por favor.

Daniela cogió una silla, se sentó a la mesa donde su madre preparaba la ensalada y, apoyando los brazos en ella, le dijo:

– Como no bajabas a la playa, le he pedido a un chico que se encontraba sentado a mi lado que me cuidara la ropa mientras me daba un baño. ¿Y sabes qué me ha respondido?

Paula ahora sí entendió lo que su hija quería decirle. Por eso sonrió al mismo tiempo que recordaba la escena vivida tanto tiempo atrás con Daniel. Esperó un instante hasta recuperar el sosiego perdido por el recuerdo de su amado y dijo:

– “¡Si tú me dices ven, lo dejo todo!”

Daniela hizo gestos afirmativos con la cabeza al mismo tiempo que reía sin parar. Su madre no pudo por menos que imitarla y, así riendo, como fuera de sí, estuvieron un rato hasta que por fin se serenaron. Paula continuó:

– Es increíble… Me cuesta creer que sea verdad… ¿Es casualidad o es cosa de brujas? ¿Y quién es él?

– Es un chico de mi edad más o menos.

– Eso ya me lo imagino. Pero…

– Y vive en Madrid también. No sé más… Apenas hemos hablado pero he quedado esta tarde para vernos.

– ¿Es guapo?

– Sí, es muy guapo y educado. Y muy alegre también. Me he reído mucho durante el poco tiempo que he estado con él. Tiene un gran sentido del humor. Es alto, moreno, con los ojos de color marrón, y una sonrisa que te inspira cercanía y te envuelve del todo cuando te mira.

– ¿Estudia o trabaja?

– No sé, no se lo he preguntado. Pero estaba leyendo un libro en la playa así que es posible que sea estudiante.

– ¿Cómo se llama?

– Se llama Alberto.

– Bueno, pues dejemos fluir los acontecimientos. Las casualidades existen y esta es una de ellas. Es bonito que, como dices tú, se repita la historia. Aunque no tienen por qué tener un mismo desarrollo y espero que tampoco el mismo final.

Daniela esperó a que su madre dijera algo más, viendo que se mantenía callada y con la mirada fija en el plato de ensalada, preguntó con intención de cambiar de tema:

– ¿Papá no ha venido aún?

– Ya sabes que ahora le ha dado por jugar al golf. Ya no se puede contar con él para nada. Se va temprano y no vuelve hasta la hora de comer. Se está volviendo un pijo… tanto golf y tanto golf.

– Tampoco es para que te pongas así. No hace nada malo yendo a jugar al golf, creo yo.

Paula no respondió, sabía de sobra que su hija tenía razón y que lo que le molestaba no era que se fuera a jugar al golf sino que no se vieran apenas en todo el día y que la relación no fuera ya como antaño. Si ahora no se sentía todo lo feliz que antes de casarse imaginó que podía llegar a ser, nadie tenía la culpa de que así fuera salvo ella. ¿Por qué había aceptado la proposición de matrimonio? ¿Porque estaba sola en la vida y creía que así protegía mejor a su hija del alma? ¿No había llegado a intuir siquiera que en este caso era cierta la afirmación de que cualquier tiempo pasado fue mejor? ¿Y que la realidad no siempre es equiparable a la ilusión?

“Ya no hay solución y ahora tengo que pechar con las consecuencias, no me queda otra. Mi hija es adolescente y no puedo privarla de su padre, al que quiere con toda el alma. Y el caso es que él también la adora… A veces me digo si no estaré celosa de que lo quiera a él casi más que a mí, de que se lleve mejor con él que conmigo… Claro, como él no la riñe nunca…”

No sabía bien cómo hacer para arreglar la situación. Deseaba con todas sus fuerzas llevarse bien con su marido y ser feliz en su matrimonio pero… Si aquella tarde hubiera resistido y hubiera vencido la tentación, ahora no estaría así. Pero quería probar el fruto que durante tanto tiempo había estado ahí al lado sin poder o sin querer tocarlo. Y lo que pensaba que solo sería un escarceo más se convirtió en el preámbulo del casamiento. ¡Qué se le va a hacer! ¡Ya no tiene remedio! Y otro divorcio no estaba dispuesta a sufrir. Ya lo había pasado bastante mal con la separación de Jorge.

Mientras su hija se duchaba, ella rememoró el tiempo en que, siendo aún una niña, su mundo se reducía a ellas dos. Recordaba las noches en que entraba en su habitación y abría la puerta procurando no hacer ruido. Se paraba junto a su camita y admiraba el rostro que la luz mortecina de la lámpara de la mesita iluminaba parcialmente. Todas las noches, antes de acostarse, iba a ver a su niña. Le gustaba quedarse un buen rato contemplando cómo dormía plácidamente. Y cada noche le hablaba a Daniel mientras miraba fijamente su fotografía y le contaba cómo su hija iba superando las dificultades que la vida iba colocando en su camino. Repasó mentalmente momentos del pasado, desde el nacimiento, que tuvo más de una complicación, el primer constipado, las vacunas, hasta los primeros pasos que había dado asida a su mano o el primer día que fue al cole… y se dijo que las dificultades que tuvo que vencer fueron muchas. ¡Pero había merecido la pena! Aquella niña se había convertido en una joven estupenda. Era una buena estudiante, responsable, cariñosa… pero sobre todo buena persona. Quizá podría reprocharse a sí misma que había estado demasiado tiempo encerrada en una burbuja, en la que solo tenían cabida ellas dos. Durante los primeros años estuvo tan pendiente de su hija que casi no había sido consciente del paso del tiempo ni de los cambios que se iban produciendo en el mundo que la rodeaba. Pero es que, cuando estaba en el instituto dando clase, con mucha frecuencia, en su mente se dibujaba la figura de su hija y por un instante se sentía confusa y a veces hasta con ganas de salir corriendo no fuera a pasarle algo no estando ella a su lado. Tan embebida estaba en su pequeño mundo que no captaba las señales que le llegaban del exterior.

Manuel se lo reprochaba pues veía a Paula como perdida. Tan pendiente estaba de la niña, que cada poco iba a conserjería a llamar por teléfono a casa para preguntar por ella. Y aunque le decía que no debía vivir con ese estrés y agobio, porque al final iba a enfermar y la que pagaría el pato sería la niña que no podría contar con sus cuidados, ella no cambiaba.

– Es muy difícil ser madre y viuda y además trabajar de profesora en un instituto.

– Soy consciente de ello. Pero tendrás que intentar sobrellevarlo de una manera más acorde con la realidad, no puedes agrandar más el problema de lo que es. Tienes en casa quien cuide de la niña ¿no?

– Sí, está Margarita. Y cuando no puede cuidarla, pues lo hacen mi madre o Cecilia.

– Pues no sé por qué te agobias tanto si eres una madre privilegiada al disponer de tanta ayuda.

– Ya, tienes razón. Pero es que he perdido a Daniel y no podría soportar que a Daniela le sucediera algo.

– No te pongas trágica, que no tienes motivo para ello. Deja que el azar juegue su papel. Y no quieras controlarlo todo.

Le costó acostumbrarse a vivir con el riesgo que ello implica en sí y su niña fue creciendo y madurando y, a pesar de las dificultades, alguna muy dolorosa, hoy en día se había convertido en una joven guapa e inteligente, que estaba a punto de ingresar en la universidad.

Aunque nunca había pensado que fuera tan complicado ser madre. Cualquier decisión que debía tomar le resultaba muy difícil de llevar a cabo por miedo a equivocarse. No le costaba ningún esfuerzo hacer todo aquello que le venía impuesto o aconsejado desde fuera, como llevarla al pediatra para ponerle las vacunas que por la edad le correspondía. Sin embargo, sentía pavor a tomar aquellas decisiones que dependían exclusivamente de su voluntad. Era tanta la inseguridad que tenía que no hacía nada sin antes consultarlo con su madre o con las dos personas que mayor confianza le inspiraban: Teresa y Manuel.

Claro que a veces eso le supuso tener algún enfrentamiento y discusión, sobre todo con Manuel. Recordaba el momento en que les pidió opinión, dado que el próximo curso Daniela debía comenzar la enseñanza primaria, sobre qué centro de enseñanza debía elegir. Si escogía el colegio público del barrio, debía ser consciente de que pasaría al instituto cuando llegara el momento y no estaba segura de querer tenerla a su lado. Algunos compañeros traían a sus hijos al instituto e incluso hasta los tenían en su misma clase. A ella eso no le parecía que fuera pedagógico y mucho menos recomendable. Además, aunque le costaba reconocerlo, era más partidaria de la enseñanza privada, sobre todo si era de calidad, que de la pública, a pesar de ser ella una profesora de instituto. Sabía que era una contradicción y como tal lo reconocía y hasta se lo reprochaba. Pero tenía por seguro que en la vida las relaciones sociales son tan importantes o más que los estudios que hayas realizado. Y ella sabía que en el Liceo Francés su hija estaría mejor que en su instituto.

Aquella mañana se encontraba en la sala de profesores corrigiendo unos ejercicios cuando entró Manuel. Como siempre desde que había nacido Daniela, lo primero que hizo fue preguntarle por ella.

– Buenos días, Paula. ¿Qué tal la niña?

– Bien, muy crecida y muy guapa.

– Tiene a quien salir – dijo riendo.

– Sí, su padre era muy guapo.

A Manuel no le gustó demasiado la respuesta de Paula, aunque no hizo ningún comentario. Pero captó la indirecta. No sabía cuál podía ser el motivo pero hacía tiempo que notaba que Paula lo esquivaba. Procuraba no encontrarse a solas con él y ante cualquier insinuación por su parte, aunque fuera en broma, desaparecía. No obstante, hizo como si no hubiera entendido con claridad el mensaje y continuó:

– Ya se sabe, «de padres gatos, hijos michinos».

Paula no estuvo segura de haber entendido el mensaje así que le preguntó:

– ¿Tiene doble lectura el dicho o simplemente es un recurso literario que has tenido a bien utilizar?

– Es lo que es y dice lo que dice. No hay doble intención por mi parte, si acaso un reconocimiento de la realidad. Y es que es raro que de padres guapos nazcan hijos feos.

– Ya, pero es que has elegido un dicho que no sé si es muy apropiado.

– El refranero español es muy amplio y rico en matices, cierto. Podía haber elegido el que dice «de tal palo tal astilla», que viene a ser igual, aunque se usa más en otros casos y con otra connotación. – Hizo una pausa y, cambiando el tono de voz, agregó – : No sé, me parece que estás un tanto susceptible conmigo. Y no creo que tengas motivos para ello. Si te molesta que te hable o que me dirija a ti siquiera, no tienes más que decírmelo y dejaré de hacerlo de inmediato.

Paula no sabía qué responder. Por un lado era cierto que le molestaba la forma de insinuarse que Manuel tenía a veces; aunque no estaba segura de que fuera así realmente sino producto más bien de su paranoia. Con frecuencia se daba cuenta de que estaba a la defensiva como paso previo al ataque que aún no se había producido por parte de Manuel. Pero ella tenía miedo porque en el fondo no estaba segura de cómo iba a reaccionar. Sabía que era débil con él y que el sentimiento que había anidado durante tanto tiempo en su corazón había dejado una señal indeleble. Manuel, viendo que no contestaba, dijo:

– Dejemos esta conversación para otro momento, si te parece. Continúa corrigiendo que yo también tengo cosas que hacer.

– Perdona. No sé lo que me pasa, es estúpida mi manera de comportarme contigo y espero que me disculpes. Mi vida interior es un caos absoluto. Ya no distingo entre sentimientos ni deseos, entre realidad y ficción, y lo que es peor no sé discernir lo que me conviene de lo que no. Pienso, razono y saco conclusiones que al instante rechazo porque no estoy segura de que me vayan a hacer feliz. Pienso en mí e inmediatamente en mi hija y a veces temo que lo que me beneficia a mí será pernicioso para ella.

– Te comprendo aunque no sé si logro entender lo que quieres decirme. Aunque quizá me gustaría entender otra cosa distinta a la que me parece que me transmites… Creo que no es este el momento más apropiado para seguir hablando de ello. Por eso, si te parece, una tarde de estas quedamos y charlamos largo y tendido.

– Sí, tienes razón. Primero debo aclararme yo, cosa que no es fácil. Quizá desahogarme contigo pueda serme beneficioso. Pero es que encima tengo tantas preocupaciones, son tantas las cosas que debo resolver yo sola, que me siento agobiada y hasta agotada.

– Pues lo dicho, un día de estos quedamos y aclaramos algunas cosas.

Manuel salió de la sala de profesores y casi a continuación entró Teresa.

– ¿Qué tal? – Como Paula no contestaba y el gesto de la cara era demasiado serio, continuó – . Me da que has estado hablando con Manuel y no sé por qué me parece que no del todo amigablemente.

– La culpa es mía. Pero es que no sé lo que me pasa últimamente pero, cuando me encuentro a solas con él, me pongo muy nerviosa y siempre actúo a la defensiva como si temiera que fuera a atacarme.

– Me parece a mí que lo que te sucede es que cada día estás más enamorada de él. Y en vez de aceptar la realidad y decidir si te conviene o no unir tu vida a la suya, el sentimiento y la razón entablan una batalla tan enorme que te produce un cacao mental de padre y muy señor mío.

– Es posible que tengas razón. Pero es que tengo miedo a equivocarme. No me gustaría tener que rectificar. Tampoco puedo traer a casa a alguien con quien Daniela se encariñe y que luego desaparezca de repente.

– Mira, no soy madre y no creo que llegue a serlo jamás pero creo que piensas demasiado en tu hija. No pretendas protegerla de demasiados peligros porque la vida es como es; y todo ser humano debe aprender a enfrentarse y a salvar, si es posible, las dificultades que se le presentan. Además, no sé por qué pensamos que los niños son débiles. Si todos los niños que han sufrido a lo largo de su niñez no hubieran sido capaces de salir adelante, creo que no habría seres adultos medianamente cuerdos sobre la faz de la tierra. Pues son muchos más los niños que viven desprotegidos que los que llevan una vida agradable y placentera.

– Está claro que tienes razón pero yo me preocupo por mi hija, nada puedo hacer o muy poco por el resto. Y si puedo evitarle el sufrimiento más liviano, lo haré.

– Y me parecerá bien que lo hagas, pero eso no significa que debas mortificarte pensando en el hecho en sí. Intentas poner solución a problemas que aún no se te han presentado. Es lo mismo que haces con Manuel.

Paula se quedó callada como reflexionando y luego dijo:

– Ya que estás aquí, me gustaría que me dieras tu parecer sobre un asunto que para mí es muy importante.

– Tú dirás.

– El curso que viene tengo que elegir colegio para Daniela. Y tengo muchas dudas porque no estoy segura de querer compartir este instituto con ella cuando deba estudiar bachillerato. No me gustaría recibir quejas de sus profesores cada vez que hiciera algo mal. Además, no creo que sea bueno para el hijo o hija convivir con el padre o madre cada día en el mismo centro educativo.

– Un amigo mío, que es psicólogo, es de la opinión de que el mejor colegio para un niño es el que le pilla más cerca de su casa. No obstante, ¿entre cuántos centros tienes pensado elegir?

– Pues entre el colegio público que me pilla al lado de casa o el Liceo Francés que tampoco está muy lejos. Aunque, si te soy sincera, creo que en la elección me mueve más el hecho de que mi padre quiso en su día que yo estudiara en el Liceo Francés. Lo que desconozco es por qué no me matriculó en él después de conocer su historia de amor con Dominique.

– Pues yo creo que la elección está clara. No solo porque cumplirás un viejo anhelo de tu padre que no pudo hacer realidad contigo, sino también porque el conocimiento de lenguas extranjeras es fundamental.

– Gracias, Teresa. Tampoco es una decisión que deba tomar de inmediato, así que me lo pensaré bien y luego decidiré. Pero siempre viene bien una ayuda, sobre todo si es de una gran amiga como tú.

Estuvieron en silencio un instante, el tiempo suficiente para que Teresa se atreviera a preguntarle:

– Y volviendo al comienzo de la conversación, ¿entonces Manuel sigue teniendo un lugar privilegiado en tu corazón?

– El único que tiene un lugar preeminente en mi corazón es Daniel.

– Ya, pero Daniel se fue. Y Manuel sigue aquí vivito y coleando y para más inri a tu lado cada día. No sé si para bien, eso tienes tú que decirlo.

– Eres una cabrona. Qué bien me conoces. – Estuvo unos segundos callada decidiendo qué responder y luego añadió –. Creo que no quiero quererlo, que me niego a aceptar la realidad. Pero la verdad es que me sigue pareciendo un hombre maravilloso. Solo que me da miedo a enfrentarme con una realidad futura que desconozco y no sé si seré capaz de aceptar.

– No sé si te entiendo. ¿Estás queriendo decirme que no estás segura de unir tu destino al de Manuel por si te salen mal las cosas? ¿No será que tienes miedo a ser infiel a Daniel?

– No sé. Estoy hecha un mar de dudas. Vivo sola y eso me disgusta, quiero compartir mi vida con alguien pero eso me asusta… Y el caso es que necesito tener a alguien a mi lado, con quien poder contrastar opiniones, con quien discutir de vez en cuando, pero sobre todo con quien compartir la tarea de educar a Daniela. Manuel sigue siendo mi amor de adolescente pero por eso mismo temo que lo que siempre fue un sueño (y por tanto algo maravilloso) llegue a hacerse realidad y entonces no me guste el resultado final.

– ¡Qué complicada es tu vida, querida mía! Creo que deberías tomarte las cosas un poco más serenamente. Deberías tratar de resolver los problemas del día a día sin preocuparte del mañana. Hacer frente a las dificultades cotidianas sin mirar más allá. De lo contrario, vas a volverte un poco loca.

– Más de lo que estoy no creo… Me tengo que ir, gracias por tus palabras, siempre me reconforta hablar contigo. Eres mi amiga del alma. Sabes que te quiero.

– Anda, ve a clase que llegas tarde – dijo Teresa riendo, al mismo tiempo que Paula salía de la sala a toda prisa pues, efectivamente, llegaba tarde a clase.