LUCÍA Y EL DÍA DE LA MADRE

LUCÍA Y “EL DIA DE LA MADRE”
(A todas las niñas y niños que han perdido a su madre)

Juan temía que llegara la festividad de “El día de la madre”. Era consciente de que su hija Lucía poseía la sensibilidad propia de una niña de ocho años y que la celebración de un día tan señalado como aquel le iba a acarrear más sufrimiento que alegría. Y aunque la muerte de la madre le había dado ese grado de madurez que suele proporcionar la desgracia, a él no le gustaba ver que la sonrisa que antes adornaba casi de forma perenne su rostro había sido sustituida por una seriedad más propia del adulto que del niño. Ni siquiera con el paso del tiempo le había desaparecido de la mirada la sombra de la tristeza.
Y él sabía que la echaba mucho de menos. Raro el día que al levantarse no la nombrara. Cada vez que lograba un objetivo o se proponía un reto nuevo en el colegio, lo hacía porque “a mamá le gustaría que lo consiguiera”.
Lo que no era óbice para que el dolor por la muerte de la madre había hecho que en más de una ocasión mostrara una gran rabia interior pues no entendía “por qué mamá ha tenido que morir tan pronto”.
Una mañana le dijo a su padre: “En el cole la profesora nos ha mandado preparar un regalo para nuestras madres. Pero no sé qué puedo regalarle si ella no estará aquí para recibirlo. Papá, lo que yo quiero es que ella vuelva”.
A Juan se le rompía el alma escuchar a su hija hablar así. La tomaba en brazos y la acurrucaba tratando de calmarle el llanto. Luego, cuando se serenaba y recobraba la calma, la sentaba sobre sus piernas y trataba de hacerle ver que “la vida es a veces injusta pero que no queda otro remedio que aceptar la realidad por muy dolorosa que sea. Y que la manera de que mamá siga viviendo a nuestro lado, es que tengamos su imagen siempre presente en nuestra mente”.
Ella se tranquilizó, le dio un beso y un fuerte abrazo y dijo: “Voy a hacer los deberes”.
Se dio media vuelta y marchó a su habitación. Pero no fue capaz de abrir un libro. Toda su preocupación era encontrar el regalo apropiado para su madre.
Al día siguiente, en clase seguía pensando en ello sin dar con la solución.
La profesora de plástica veía que Lucía no estaba preparando ningún dibujo ni escribiendo un poema o carta (como ella les había recomendado). Sabía cuál era la situación familiar de la niña por lo que no le decía nada. Pero le daba mucha pena ver la ilusión reflejada en los rostros de los otros niños que se afanaban en lograr un bonito regalo para sus mamás y cómo Lucía permanecía como abstraída, fuera de contexto, sin participar de dicha alegría.
Se acercó a ella y le dijo:
– ¿Por qué no preparas un regalo para tu mamá?
– Mi madre ha muerto.
– Ya… Pero no importa… Seguro que le hará una gran la ilusión que le digas que la quieres.
Lucía no respondió. Simplemente miró a la profesora con cara de haber entendido lo que quería transmitirle.
El domingo por la mañana se levantó temprano, fue a la habitación de su padre y le preguntó:
– Papá, ¿me acompañas a entregar mi regalo a mamá?
El padre hizo como si no supiera lo que se proponía y respondió:
– ¿Cómo vamos a entregarle el regalo a mamá?
– Ven. Que te voy a enseñar una cosa.
Lo llevó de la mano hasta la cocina y allí, pegado junto al techo, le mostró un gran globo en forma de corazón, con una cara de niña muy sonriente y sobre el que Lucía había escrito con letras muy grandes:
¡MAMÁ, TE QUIERO!
El padre tuvo que hacer un gran esfuerzo para contener las lágrimas y cambiarlas por una sonrisa de satisfacción y orgullo por tener una hija como ella.
Lucía tomó la cuerda que sujetaba el globo y juntos salieron a la calle. Recorrieron las calles del pueblo y salieron a campo abierto. Una vez allí, Lucía dijo:
– Papá voy a soltar el globo para que suba hasta el cielo, así mamá podrá recoger mi regalo.
Abrió la mano, soltó la cuerda y el globo comenzó a subir con gran rapidez. Los dos mantenían la vista fija en él y mostraban un gran entusiasmo mientras ascendía. Cuando lo perdieron de vista, la niña gritó: “seguro que mamá ya lo ha recibido”.
“Seguro que sí”, añadió su padre. Le cogió de la mano y regresaron a casa. Juan era feliz al ver que Lucía llevaba la sonrisa dibujada en el rostro por haber sabido por fin qué regalarle a su madre.
Al entrar en la casa, el padre le pidió que por favor fuera a la cocina a por un vaso de agua. Lucía fue a la cocina y al instante comenzó a gritar: “¡papá!, ¡papá!, ¡ven!, ¡mira! ¡Mamá ha contestado!”.
Pegado al techo de la cocina había otro globo en forma de corazón como el suyo en el que podía leerse:
¡GRACIAS, CARIÑO! ¡MAMÁ TAMBIÉN TE QUIERE MUCHO!